Juego de espejos

Amor caro

Desde el inicio de su presidencia, Enrique Peña Nieto optó por el más difícil y mejor de los caminos: privilegiar las reformas mediante acuerdos con sus adversarios de contienda, antes de acreditarse personalmente.

Cualquier ex presidente podrá confirmar la expresión de José López Portillo sobre días largos, meses o años cortos del periodo de gobierno. Para los demás el sentido del tiempo es diferente y depende de la situación que se disfrute o padece, cada cual con su cielo, infierno o purgatorio. Es práctica referir al tiempo en periodos sexenales, particularizando al mandatario en turno, remanente de esa cultura ancestral que hace del presidente Mesías, padre o padrastro en el ciclo sexenal.

Desde el inicio de su presidencia, Enrique Peña Nieto optó por el más difícil y mejor de los caminos: privilegiar las reformas mediante acuerdos con sus adversarios de contienda, antes de acreditarse personalmente. Tuvo costo, pero también beneficio, hacer realidad transformaciones impensables y que adquieren relieve por la magra cosecha de reformas durante los 15 años que precedieron. Aunque no han concluido, los cambios son significativos y profundos y, por lo mismo, trascendentes: de una forma o de otra México será distinto y en perspectiva su referencia será el presidente en funciones.

La ausencia de providencialismo presidencial deja un déficit coyuntural: los cambios son necesarios y urgentes, pero la mayoría de la población no los advierte como tales. Es efecto de un modelo de ejercicio del poder presidencial. Ahora, como nunca, el poder y las decisiones fundamentales son compartidas; no solo remiten a Los Pinos, también al Congreso y a los partidos. Las élites económicas están ausentes de los acuerdos, precisamente porque la recomposición del país demandaba que el Estado, que el interés público, recuperara su propio espacio frente a los factores de poder, legales e ilegales, moderados o codiciosos.

El objetivo es claro, no así el camino. Quizá por la prisa o el modelo de negociación, en el gobierno no se ve la cohesión entre la base, cuadros medios y superiores en torno a lo que se pretende. Tampoco hay acompañamiento del partido y de la estructura gubernamental en estados y municipios. Dos figuras significativas de poder delegado, en las finanzas y en la seguridad, se complementan con el poder de los dirigentes del PRD y del PAN y la capacidad negociadora de los coordinadores parlamentarios del PRI. Las dificultades en la economía provocan duda sobre instrumentos, medios y actores; en el gobierno tienen la convicción de una próxima inflexión favorable a manera de honrar la expectativa del proyecto reformista. La elusiva realidad se impone y esto significa la postergación de la recuperación anhelada.

El camino también se muestra incierto por la habilidad del PAN de imponer su visión y agenda. La reelección consecutiva ingresó por la puerta grande, frente al entusiasta aplauso del círculo rojo y la reserva razonable del público expectante. También se dieron las bases para el gobierno de coalición, pero al margen de dos aspectos indispensables para su funcionalidad: el voto mayoritario legislativo para definir gobierno y, su consecuencia, el voto de censura.

El país ha dado un preocupante giro al centralismo. Ahora, los funcionarios electorales seleccionados por las negociaciones y cuotas entre los partidos, en el afán de ganar credibilidad ante la oposición ningunean y maltratan a los funcionarios democráticamente electos de los estados y con soberbia demandan de los congresos locales ajustar al vapor leyes y constituciones. Felipe Calderón ganó su batalla de hacer creer que los males del país vienen de los gobernadores. La cuestión no es la realidad de los señalamientos, sino que para resolverlo se decidió anular buena parte de la soberanía de los estados. El ruido de las reformas ha impedido que se cobre dimensión de los aspectos regresivos que el PAN impuso y que ahora son parte de la Constitución. La realidad de lo aprobado apenas empieza a conocerse.

Es difícil que los personajes del momento adviertan la fragilidad que les acompaña. Ésta, por la transitoriedad del cargo y también porque alianzas, filias y fobias mudan con rapidez sorprendente. El punto de quiebre empieza con la elección intermedia, más próxima de lo que parece, como lo muestra el apuro de los legisladores locales para armonizar sus ordenamientos electorales. En pocos meses iniciará el proceso electoral y de allí hasta el día de la elección presidencial habrá de acentuarse la dinámica perversa del doy para que me des, chantaje que es norma en la relación entre los políticos, especialmente de los opositores con el poder.

El llamado humor social no lleva al optimismo. Ganará más quien presente mayor capacidad para construir esperanza del desencanto y malestar. Circunstancias que no favorecen a quien gobierna, pero las opciones son diversas y pareciera que las tres fuerzas políticas algo ganarán en elecciones de gobernador y alcaldes, y la minoría mayor en la Cámara de Diputados quedará lejos del objetivo y, por lo mismo, requerirá del apoyo de quienes en el cálculo sobre 2018 habrían de vender caro, todavía más caro, su amor.

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