Trayectos

Entre fosas y terror

Son las cinco de la tarde de un frío y lluvioso sábado en la Ciudad de México, las alertas de mi computadora suenan, anuncian que encontraron unas fosas clandestinas en los linderos de Iguala, Estado de Guerrero.

Todo indica que ahí están los cuerpos de los normalistas de Ayotzinapa. La indignación envuelve mi piel, percibo una enorme tristeza en los familiares y amigos de estos jóvenes.

Guerrero rojo, violento, lastimado. ¿Quién los mató, quién dio la orden, a quién molestaron, qué hicieron para tener este fin? Dónde estuvo el funcionario local para platicar con los jóvenes normalistas (como el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, en el caso del IPN). Nada, el alcalde huía y sabemos que tiene una orden de presentación.

El presidente Enrique Peña Nieto instruyó al gabinete de seguridad federal "para que tomemos acciones y participemos en lo que permita el debido esclarecimiento de los hechos, encontrar a los responsables y aplicar de manera estricta la ley a estos hechos".

"En el estado de derecho no cabe el más mínimo resquicio para la impunidad", afirmó. Nadie debería morir, mucho menos un grupo de jóvenes con todo un futuro por delante. El camino de la violencia, no es el camino. Me duele todo, la impotencia es grande. Duele Guerrero, y duele ser guerrero, pero no queda más, hay que seguir adelante.

Hace unos días, en la casa contigua a la mía, entró un solitario ladrón, saltó por la reja de mis vecinos a las seis de la mañana, agredió a mi amiga, quien es esposa de un médico militar (mismo que ya había salido a su trabajo) y a su adolescente hija, su intención, robar con arma blanca.

El delincuente no contaba con que en el baño se encontraba su hijo, también médico, quien en defensa de su familia atacó al ladrón, minutos después una decena de vecinos ya lo tenían atrapado, fue remitido a las autoridades municipales de Naucalpan, lo consignaron, sabemos que era miembro de una banda y las investigaciones continúan.

Esa familia y todos nosotros jamás olvidaremos esa pesadilla, pues pudo haber tenido un fin trágico. Trágico también, lo que sufrió mi prima hermana y miles de mexicanos, una llamada telefónica anónima extorsionando y amedrentando con un supuesto "secuestro" de mi sobrina, "la vamos a matar si no nos deposita 300 mil pesos a un número de cuenta", minutos de angustia y terror que todavía no sanan. La denuncia también se hizo.

Y hablando de heridas que nunca sanan, en este mismo espacio publiqué el pasado 16 de mayo de la desaparición de Diana Angélica Fuentes, de apenas 14 años de edad. Fue reportada un 7 de septiembre de 2013 en Ecatepec, Estado de México, hoy sabemos que fue encontrada muerta. No hay peor dolor, que la pérdida de un hijo. Mis condolencias a su madre, sin duda una mujer ejemplar y fuerte, una mujer de toda fe, que haciendo uso de las redes sociales, "perdonó" a sus asesinos.

Todo lo anterior en apenas cuatro días. No debemos ni podemos vivir en el terror, con miedo e impotencia. Confucio decía que "antes de aventurarse en una venganza, habría que cavar dos fosas"; esta frase me hace reflexionar sobre estos violentos hechos y otros más que suceden en mi pequeño entorno y en todo el país.

Tengo esta pluma y un micrófono para levantar la voz, herramientas que hago extensivas para todos ustedes. Este espacio de Milenio Estado de México está abierto para recibir sus opiniones y denuncias.