¿Es necesario reeducarnos?

Quién de nosotros no se ha preguntado a sí mismo en más de una ocasión, ¿por qué unas cosas las aprendemos con mayor o menor dificultad que otras? La respuesta radica, en primera instancia, en el proceso educativo.

En principio, la educación se nos proporciona en el hogar (entendiéndose que existen las condiciones para ello) y continuando en los planteles escolares. En ambos casos, los procesos de aprendizaje están fuera de nuestras manos, siendo padres, profesores, situaciones sociales y medios de comunicación los que nos enseñan y marcan nuestro comportamiento.

Si consideramos al bagaje de conocimientos que llegamos a poseer como “entes”, ninguno  nos “educa” / “enseña”, cómo funcionan y por consecuencia, cómo utilizar los procesos de observación, atención, concentración y flujo. Entendiendo que, finalmente, la dinámica de éstos origina la obtención y generación de conocimiento.

Tomando como base el proceso de atención (únicamente a manera de ejemplo) no basta con decirle a un niño: pon atención. Es necesario, demostrarle y que experimente  la forma en que funcionan y están integrados sus sistemas de observación y atención. Aprendiendo simultáneamente cómo puede utilizar esos recursos de manera efectiva en su proceso de concentración, en un tema o actividad específica. Lo mismo sucede a nivel de inteligencia emocional, no sabemos controlar, manejar y canalizar el sinfín de emociones que nos causan un conflicto interno que puede perdurar toda la vida.

En el presente artículo, se infiere que al no ser capaces de enseñarle a un niño las herramientas mencionadas, se corre el riesgo de que tenga problemas de aprendizaje, comportamiento e interacción con el mismo y su medio. Para evitar tal situación, existen actividades lúdicas e intelectuales que permiten complementar los procesos mencionados; como el ajedrez y las diferentes corrientes de meditación.

Hasta este punto, se menciona el desarrollo de los procesos en los niños, pero, ¿qué pasa con las personas que estamos en edades posteriores? Al respecto es anticuado decir que, a diferencia de los niños, los adultos tenemos la capacidad y habilidad de discernir y elegir lo que queremos o no aprender.

En este marco, lo que nos compete es reeducarnos y relegar todo aquello que no nos ayudará en nuestras vidas, reaprendiéndola mejor forma de utilizar nuestros procesos de observación, atención y concentración para acceder a estados de flujo. Estados que se describen como una conciencia ordenada para hacer que la experiencia sea placentera y nos conduzca a un estado de felicidad, gracias al control de nuestra vida interna. Este cambio es posible a cualquier edad gracias a la capacidad de nuestro cerebro de transformarse (neuroplasticidad) ante cierta prácticas, pensamientos y estados emocionales. El destacado neurocientífico, Richard Davidson, nos podrá explicar mejor este tema en su próxima visita a Puebla en el mes de noviembre.

Mauricio Osorio Galindo

mauricioj.osorio@udlap.mx