Recuerdos de una película en la Sierra Norte

En un lapso de tres años, en varias ocasiones, recorrí la Sierra Norte de Puebla mientras rodaba una película documental, la cual finalmente se estrenará este año con el irónico título de La sangre bárbara. En este tiempo, pude ser testigo de la majestuosidad de sus valles y ríos, de la exuberante hermosura de su vegetación pero sobre todo, tuve la gran experiencia de conocer las complejas prácticas sociales y culturales de las distintas comunidades nahuas que habitan en la zona. Quedé admirado de la fortaleza colectiva de sus habitantes, de la inteligencia con la que entienden el desarrollo social, el sabio respeto por la naturaleza y la dignidad con la que luchan por defender su cosmogonía ancestral.

Mi intención al hacer el documental, en complicidad con quienes aparecen en él, era lograr que se escuchen las voces de los nahuas frente a la aparente sordera social y la invisibilización de sus historias en la mayoría de los medios de comunicación, esto frente a la preocupación de perder su lengua y ante las conocidas amenazas de distintos proyectos empresariales en marcha, minas a cielo abierto e hidroeléctricas, que acabarán con su entorno natural (“el alma que los mantiene vivos”).

Para lograrlo, inmediatamente renuncié a esa deplorable tradición cinematográfica de hacer películas idealizantes o folclóricas del mundo indígena y decidí apostar por sus palabras como guía, sus palabras que narran sueños y recuerdos más allá de la imagen exótica que los ha apresado en absurdos estereotipos; sus palabras que descubren subjetividades y transitan por un laberinto de pequeñas historias, deseos y aspiraciones, adentrándonos en el interno flujo de una vibrante comunidad que se resiste a desaparecer.

En nuestra larga estancia en la sierra pudimos asistir a distintos juicios, en uno de los únicos tribunales indígenas adscritos al poder judicial del país y, el cual, se fundamenta en “la mediación” y no en “el castigo” como lo diría su juez, Hermilo Diego. Pudimos aprender de las prácticas curativas de la señora Carmen García, quien recibe cientos de pacientes al día y cuya premisa es entender al ser humano más allá de la división binaria entre cuerpo y espíritu. También nos maravillamos por el ya famoso Hotel Taselotzin de Cuetzalan, dirigido por la señora Juana Chepe y la señora Rufina Villa, un hotel ecoturístico administrado por más de cincuenta mujeres. Aprendimos de sus luchas en contra del racismo, de su desolación ante las nuevas generaciones jóvenes que se avergüenzan al hablar el náhuatl, de aquellos movimientos civiles que le ganaron la partida a Wal Mart o se opusieron a que Televisa grabara sus fiestas patronales.

Tanto tiene que aprender este país de las comunidades nahuas que, como miembros de la sociedad civil, ante un México tan difícil y convulsionado, nos toca unirnos a proyectos creativos como este, a su resistencia, unirnos a su lucha y a ese sueño compartido de que la hermosa Sierra Norte se mantenga viva.

Jesús Mario Lozano

jesus.lozano@udlap.mx