El único problema de México

El único, el central problema de México es la remuneración al factor trabajo. De él derivan todos (o casi) los demás problemas, numerosos, de la nación. Bueno: hasta la monstruosa mortalidad infantil, de niños nacidos vivos, más la mortalidad materna, hoy reclamo fuerte de las Naciones Unidas, directa o indirectamente devienen del ruinoso y criminal ingreso de los millones de asalariados.

Nadie se atreve a negarlo en el nivel puramente racional. Hasta la ANTAD (asociación de tiendas de autoservicio) lo sabe y lo reconoce. Hasta el doctor Carstens sabe que su argumento del efecto inflacionario es claramente insostenible.

En las sesiones secretas de Davos, el club de los ricos del mundo (hoy todo se filtra) éste ha sido el gran debate. Se entrecruzan los cálculos convenencieros del 1 por ciento (en realidad: 1 por mil) con la “ética” del bien de todos. La miopía rapaz de la acumulación insaciable, que acaba estrangulando el mercado (del que salen sus ganancias) o la inteligente explotación moderada para aumentar la productividad del empleado contento o, al menos, conforme, y con poder de compra.

Sigue la pertinaz referencia al trabajador mexicano “güevón, valemadrista y sanlunero”, que en cuanto cruza la frontera norte se vuelve por arte de magia trabajador arduo y confiable: hardworker and reliable. Ahí percibe 10 veces más por la misma hora de trabajo. También las devenga.

Necesario repetirlo una vez más: mientras en México hubo una remuneración adecuada (apegada al 123 de la Constitución) el país creció en su economía de 1942 a 1982 a un ritmo anual superior de 6 por ciento. En 2015 en curso siguen los organismos públicos y los financieros privados teniendo que abatir el pronóstico de crecimiento para el año; y saben de cierto que no llegará ni al 2 por ciento real.

“Estoy convencido que es posible reducir la pobreza extrema de manera acelerada, sustancial y sostenible, y para lograrlo es imprescindible que haya voluntad política”, dijo recientemente Enrique Peña Nieto en el ámbito de las Naciones Unidas.

Muchos lectores suspicaces se preguntarán sorprendidos qué ha pasado con la voluntad política en estos dos años transcurridos. Pero la pregunta de fondo es a futuro: a futuro inmediato. La pregunta verdadera, central y esencial, es si la voluntad política se enfocará en cumplir con el Texto Rector de la Nación; que está todavía vigente a pesar de todos los descalabros estructurales, verdaderamente estructurales, que por iniciativa del Poder Ejecutivo, del que él es titular único, se han infligido en el Congreso a los postulados básicos de la convivencia nacional.

Más de 33 años llevamos hostigando y socavando los derechos laborales, prioritarios entre los derechos humanos. Derechos que eran orgullo de México, por ser la primera nación del mundo que los incluyó en su texto rector.

Si de verdad, y no de palabras huecas, Enrique Peña Nieto quiere “guardar y hacer guardar”, como juró, y tiene la voluntad política de que alardea en el ámbito internacional, debe, tiene que, hacer que se pague al trabajador. Con eso acabará con el hambre en México: que quedará reducida a un mínimo de tarea asistencialista. La que, además, suplirá lo que debía haber sido seguridad humana universal.

Bastará con un régimen fiscal progresivo donde paguen más los que acumulan más (y se lo llevan del país). Sí se puede en Noruega, Suecia, Dinamarca, Finlandia, País Vasco, Reino Unido, Alemania, Francia. Con voluntad política se puede también en México, gradualmente, sin los irracionales temores a la inflación.

En estos países no sólo tienen regímenes fiscales altamente progresivos, donde pagan más los que más acumulan (con el esfuerzo de todos), sino que las grandes herencias pagan muy altos impuestos.

Tal como la iniciativa que acaba de presentar  a su Congreso el presidente Rafael Correa de Ecuador con el apoyo tumultuario de su pueblo ciudadano. Por supuesto, allí no hay “regímenes especiales” para que los grandes eludan sus contribuciones.

En esos países la masa salarial, o sea la parte que corresponde a los trabajadores de todo lo producido en un año, rebasa el 57 por ciento, es decir: más de la mitad. En México ha caído a menos del 26 por ciento. Las otras tres cuartas partes del producto se van a rendimientos del capital, que en buena parte se van al extranjero: verdaderamente monstruoso. Esa es la voluntad política de Enrique Peña Nieto.

De ahí derivan todos los males de México, principalmente la descomposición de los hogares por el abandono de los padres, las enfermedades y muertes infantiles, el abandono escolar, el desempleo, el derrumbe del mercado interno, el orillamiento de los jóvenes a la delincuencia, y, claro: la terrible inseguridad, que es el desastre que más resiente la población mexicana.

P.D. Como dijo Rafael Correa el día 15, “por el bien de todos, incluso de la oligarquía, primero los pobres”. 

 

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