Qué ha traído la globalidad

¿Tenemos ahora más oportunidades de empleo? ¿Están los trabajadores mejor pagados? ¿Hay ahora más opciones para los jóvenes? ¿Ha crecido la matrícula universitaria y la de la educación media superior?

¿Tenemos ahora más seguridad desde que la Prohibición combate los daños a la salud a balazos? ¿Estamos más seguros con el Ejército metido en la vida civil, descuidando oleoductos e instalaciones estratégicas y desatendiendo fronteras del ingreso masivo de armas de alto poder?

¿Se ha reducido la mortalidad infantil? ¿Tienen todos los niños de México escuelas públicas de la misma calidad austera y digna, para todos y cabalmente gratuita? ¿Han disminuido la obesidad y la diabetes?

¿Tiene hoy el salario mínimo el poder adquisitivo mayor del que tenía en 1976, medido en kilos de frijol, o tortilla, o arroz, o pan, o litros de leche? ¿Preguntamos al comercio organizado, ANTAD, por ejemplo, cómo está hoy la demanda popular de productos de uso común, sustentada en los ingresos de las familias?

Todos conocemos las respuestas de lo que ha pasado en la vida familiar de esta nación desde que los dirigentes políticos tomaron la brillante y moderna determinación de lanzarnos a la globalidad, aprendida doctrinariamente, antes de consolidar eficazmente los renglones básicos de nuestra economía: la seguridad alimentaria, la energética, la siderúrgica y portuaria, la petroquímica, la ferroviaria.

Ahora nos dice el presidente del Colegio de Ingenieros Civiles de México (CICM), Víctor Ortiz, que el Plan Nacional de Infraestructura (PNI) de la actual administración federal no será fácil de cumplir “debido a la crisis económica mundial”.

Dice que la caída de los precios internacionales del petróleo crudo (de 100 a 25 dólares por barril) ha provocado en dos años que el gobierno federal haya tenido que recortar el presupuesto. Lo cual es rigurosamente cierto. ¡Qué bueno que lo reconocen!

Porque hasta ahora, gobernantes y dirigentes empresariales vendían al pueblo televidente, de manera implícita, la idea general de que la empresa pública es ineficiente, y en concreto: que el gobierno subsidiaba a Pemex, que siempre concluía su cierre contable en números rojos.

No se atrevían a decirlo así. Hubieran sido rebatidos inmediatamente. Pero dejaban que así apareciera.

 Ahora, llorando, reconocen que el grave problema de las finanzas federales, es que la descomunal aportación de Pemex al gasto público ha bajado desde el 40 por ciento del total (casi la mitad de todos los ingresos del gobierno) en 2012, a sólo un 19 por ciento en 2015, debido a la caída, efectivamente, del precio internacional del crudo. Están en quiebra. Tienen que recortar gastos angustiosamente.

Han seguido exportando crudo mal pagado a razón de un millón de barriles diarios. Se irán por la solución tramposa de Asociaciones Público-privadas, para que la acumulación privada supla a la inversión pública; y siga acumulando con intereses. Nunca hicieron saber que hasta 1976 México no exportaba crudo en cantidades importantes; y creció al 6 por ciento anual por más de 40 años.

Tampoco dice que éramos autosuficientes en gasolina con las seis refinerías propias que entonces resultaban bastantes para la movilidad nacional. Que Fertimex producía, a partir de nuestro propio petróleo, fertilizantes baratos para nuestros agricultores de subsistencias. Que CONASUPO regulaba eficazmente los precios de los granos básicos, a favor de productores y consumidores.

Que el Estado mexicano había construido SICARTSA, la Siderúrgica Lázaro Cárdenas Las Truchas y el puerto industrial ahí mismo en Michoacán, para sentar las bases del desarrollo siderúrgico; y otras medidas más como la Constructora Nacional de Carros de Ferrocarril en el estado de Hidalgo; o las plantas petroquímicas; o la ciudad de Cancún en Quintana Roo como polo turístico (que quedó chica).

Todo ello para sentar la base del desarrollo autónomo nacional con recursos materiales y humanos propios. Con el objeto de no llegar a la penosa situación de anunciar con lloriqueos que no será fácil cumplir con el Plan Nacional de Infraestructura “debido a la crisis económica mundial”, a la que nos uncimos hace 25 años, por decisión propia.

Entraron irresponsablemente desarmados a la globalidad. Ahora le echan la culpa al mundo exterior de su actuación irreflexiva. Incluso quieren responsabilizar a China, porque esa economía rigurosamente planificada a plazos largos (muy al estilo chino) ha determinado ahora enfocarse a su interior mejorando los ingresos familiares y, por tanto, su mercado interno, reduciendo su ritmo de crecimiento de 11 a 6.5 por ciento anual (que ya quisiéramos aquí al menos a la mitad).

En el problema está la solución de nuestros males. Para ello hace falta voluntad política que recaude impuestos progresivos, y no se acabe el crudo en despilfarros.


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