Cuando Roosevelt salvó a los Estados Unidos

Ya en ocasión anterior, junio de 2017, hemos tocado esta importante lección de la historia, que la gran oligarquía de los Estados Unidos quiere que olvidemos, porque marca el éxito de una decidida y eficaz rectoría económica del Estado.

Pero ahora que aquí nos encontramos ya en clara precampaña electoral, y cuando por toda la nación cunde el “mal humor social”, resulta oportuno mencionarlo de nuevo, especialmente cuando uno de los candidatos a la presidencia de la República expresamente ha publicado, desde 2008, en su libro La Gran Tentación, su admiración por el presidente Franklin Delano Roosevelt y por la valentía y decisión con estricto apego al orden constitucional de su país con la que rescató el libre mercado y la vida social en el momento más negro de su historia: cuando la voracidad de las grandes empresas habían hundido a los Estados Unidos en 1929-1932: la Gran Depresión.

En 1932 Franklin Roosevelt fue electo presidente de los Estados Unidos de América, en el peor momento de su historia. (El único presidente en ese país, electo por 4 períodos: 1932, 1936, 1940 y 1944). En ese 1932, la acumulación de capitales y la pobreza y desigualdad habían llegado a extremos tales que se hundió la economía nacional por falta de compradores, por falta de mercado, en los últimos tiempos del presidente J. Edgar Hoover.

La Gran Depresión: 15 millones de trabajadores en paro; los bancos en quiebra; manifestaciones masivas, pacíficas, de los veteranos del Bonus Army, reprimidos por el gobierno. Todo eso en el centro mundial del capitalismo.

Cuenta William Manchester en su ya clásico Gloria y Ensueño (The Glory and the Dream): “Aquel año cerca de dos millones de estadounidenses, aparceros expulsados de las tierras, propietarios agricultores que no podían pagar las hipotecas y abandonaban sus campos… En resumen: la capacidad de compra del consumidor no seguía el fuerte ritmo de la producción de bienes”.

Los actuales dirigentes de los Estados Unidos han querido borrar en el olvido esa etapa bochornosa de la historia de su país. Salvo Bernie Sanders, el precandidato demócrata que compitió frente a Hillary Clinton y fue bloqueado perversamente por la maquinaria partidaria demócrata como lo exhibieron los hackers rusos, a los que después les colgaron otros milagritos.

Apenas llegó Franklin Roosevelt a la presidencia implantó según las facultades extraordinarias que le fueran atribuidas, el New Deal. Generando empleo productivo desde el gobierno y dinamizando el ingreso familiar.

Ordenó la emisión inmediata de millones de dólares en papel moneda, utilizando la cobertura de los activos bancarios. Hizo saber que publicaría la lista de todos los que habían retirado oro. Al abrir los bancos, se formaron largas colas y poco después se habían recuperado 300 millones, suficientes para la cobertura. El comercio salió de su atonía.

Inició su Plan de Cien Días; se legalizó la cerveza. Se creó el Cuerpo Civil de Conservación CCC, dando trabajo a 2 millones y medio de jóvenes de barrios pobres con uniforme verdinegro; plantaron 200 millones de árboles; y más de 30 mil proyectos: construcción de diques y represas, oficinas de Correos, puentes, cárceles, aeropuertos, alcantarillas, piscinas públicas, pistas de atletismo, campos de deporte, centrales eléctricas, estaciones ferroviarias, nuevas carreteras, hospitales, nuevos ayuntamientos, edificios de tribunales, servicios sanitarios, escuelas, redes de abastecimiento de aguas, control de crecidas, zoológicos, alamedas.

El costo conjunto “no llegaba a los 20 mil millones, la cuarta parte del presupuesto anual del Pentágono” con Nixon (Manchester pp... 167-168). Así se salvó Estados Unidos.

Claro está que las circunstancias del México de 2018 no son, ni con mucho, las mismas de las que vivía el pueblo trabajador de los Estados Unidos de América en 1932.

Tampoco las soluciones podrían copiarse hoy aquí de manera extralógica.

Pero hay hoy en nuestro país una coincidencia esencial con aquella terrible situación: los grandes actores del libre mercado, no sólo dejados a su actuación voluntariosa, sino además posesionados del poder público, mandando a los que mandan, han precipitado la economía nacional y el orden social al despeñadero.

También allá las partes afectadas hablaron alarmadas de “socialismo” y cosas peores según ellos. La historia los desmintió contundentemente. Aquí en México, y ahora en 2018, los encargados de la guerra sucia, escasos de imaginación, siguen encontrando perniciosas influencias de una Rusia lejana y capitalista.

A propósito de la coyuntura internacional en la que México logró su expropiación petrolera, dice  La Gran Tentación: “debe señalarse que en ese tiempo gobernaba en Estados Unidos Franklin Delano Roosevelt, un gran estadista… aplicó la política de buena vecindad… tuvo su mejor ejemplo en el respeto a la soberanía de nuestro país”.

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