La primavera y la justicia

Ha de ser precisamente Benito Juárez y su destacada generación la que logre la separación años después y destrabe el nudo gordiano con las llamadas Leyes de Reforma alrededor de la nueva Constitución de 1857, la que consagró las garantías individuales.

A la memoria de Gloria Lazcano,

ángel de la niñez jalisciense

Llegó la primavera. Los “puentes” vacacionales han descafeinado, deliberadamente, las conmemoraciones cívicas, que traían a la memoria y a la reflexión de los mexicanos los hitos históricos de nuestra sociedad para superar las terribles desigualdades que arrastramos como pesadas cadenas desde la estructura colonial.

“El 21 de marzo de 1806 nací en San Pablo Guelatao. Tuve la desgracia de no haber conocido a mis padres, indios de la raza primitiva del país, de la nación zapoteca”, dejó escrito Benito Juárez en sus Apuntes para mis hijos.

“Me dediqué - les decía - hasta donde mi tierna edad me lo permitía, a las labores del campo. En algunos ratos desocupados mi tío me enseñaba a leer, me manifestaba lo útil y conveniente que era saber el idioma castellano y como entonces era sumamente difícil para la gente pobre, y muy especialmente para la clase indígena, adoptar otra carrera científica que no fuese la eclesiástica”.

El joven Benito recuerda las deficiencias de su escolaridad en la capital de Oaxaca, en “la Escuela Real, pues mientras el maestro en un departamento separado enseñaba con esmero a un número determinado de niños, que se llamaban decentes, yo y los demás jóvenes pobres, como yo, estábamos relegados a otro departamento, bajo la dirección de un hombre que se titulaba ayudante, y que era tan poco a propósito para enseñar y de un carácter tan duro como el maestro”.

Quince años tenía Benito cuando en México se proclama la Independencia Trigarante, producto de la conspiración del Templo de la Profesa. Naturalmente, la Constitución Federal de 1824 no sólo conserva la religión católica, como oficial del Estado, “sin tolerancia de ninguna otra”, sino que la jerarquía eclesiástica sigue formando parte integrante de las funciones públicas y conservando el fuero eclesiástico.

Ha de ser precisamente Benito Juárez y su destacada generación la que logre la separación años después y destrabe el nudo gordiano con las llamadas Leyes de Reforma alrededor de la nueva Constitución de 1857, la que consagró las garantías individuales.

Siendo Benito estudiante del Instituto de Ciencias y Artes, “en 1829 se anunció una próxima invasión de los españoles por el Istmo de Tehuantepec, y todos los estudiantes del instituto ocurrimos a alistarnos en la milicia cívica”. Dos años después, mientras trabajaba y estudiaba, fue nombrado regidor del Ayuntamiento de Oaxaca.

El joven abogado va definiendo rápidamente su vocación y su posición política nacional. Les cuenta a sus hijos: “En la nueva carta se incrustaron la intolerancia religiosa, los fueros de las clases privilegiadas, la institución de comandancias generales y otros contraprincipios. Fue la Constitución de 1824 una transacción entre el progreso y el retroceso, que lejos de ser la base de una paz estable y de una verdadera libertad para la nación, fue el semillero fecundo y constante de las convulsiones incesantes que ha sufrido la República, y que sufrirá todavía mientras la sociedad no recobre su nivel, haciéndose efectiva la igualdad de derechos y obligaciones entre todos los ciudadanos y entre todos los hombres que pisen el territorio nacional, sin privilegios, sin fueros, sin monopolios y sin odiosas distinciones”.

No está de más recordar en este siglo XXI las nefastas consecuencias  de cualquier “transacción entre el progreso y el retroceso”, ahora que ante el evidente desgaste político del PRIAN, ya comienzan a oírse reiteradas las voces previsoras que, frente a lo inevitable, propagan desde ahora la conveniencia de una “izquierda moderna y civilizada”, o sea una “transacción entre el progreso y el retroceso” que sólo acarrearía, como en el siglo XIX, un semillero constante de convulsiones.

Hay un episodio en la vida del joven abogado defensor de las comunidades originarias de su tierra, que pinta con crudeza la terrible situación heredada del régimen colonial por los abusos del clero corrupto. “Había, sin embargo, algunos eclesiásticos probos y honrados que se limitaban a cobrar lo justo”, dice prudente y justiciero.

“Yo he sido testigo y víctima de una de esas injusticias. Los vecinos del pueblo de Loxicha ocurrieron a mí para que elevase sus quejas e hiciese valer sus derechos ante el tribunal eclesiástico contra su cura que les exigía las obvenciones y servicios personales sin sujetarse a los aranceles”.

Pero resultó contraproducente: “El juez eclesiástico dispuso de plano que el acusado volviera a su curato. Luego de que aquél llegó a Loxicha mandó prender a todos los que habían representado contra él y, de acuerdo con el prefecto y con el juez de partido, los puso en la cárcel”. El propio abogado Juárez acabó en prisión.

“Estos golpes que sufrí y que veía sufrir diariamente a todos los desvalidos me afirmaron en mi propósito de trabajar constantemente para destruir el poder funesto de las clases privilegiadas”.

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