La plusvalía social

Dolida memoria de François Lartigue, amigo solidario de los pueblos originarios de México.

 

Cada niña o niño que nace en este siglo XXI, que para nada es el XXI siglo de la Humanidad, encuentra al nacer millones y millones de realizaciones que son el producto del esfuerzo humano de generaciones previas. Desde el instrumento con el que cortan su cordón umbilical, y hasta el agua con la que recibe su primer baño lleva un valor agregado por el trabajo previo.

Millones de realizaciones sobre toda la superficie del planeta, y aun ahora en la órbita terrestre, producto del trabajo acumulado de generaciones y generaciones. Desde que alguien hace cientos de miles de años logró con su esfuerzo mantener o provocar el fuego, trasladar y conservar el agua, tallar y transformar las piedras, los palos y los huesos, y volverlos utensilios, retener y domesticar algunas crías, sembrar algunas semillas cuando descubrió en su curiosidad que brotaban y germinaban. Siempre el trabajo humano como gran común denominador.

Desde las pirámides de Egipto, o las de Mesoamérica, o las murallas de China, o las chinampas, los puentes, caminos, catedrales, santuarios y mezquitas, presas, ferrocarriles, rascacielos, terraplenes, autopistas, aeropuertos, plantaciones, palacios, hospitales, universidades y escuelas rurales: todos construidos con el esfuerzo colectivo y organizado; esfuerzo emprendedor, emprendido y cooperado; trabajo que permanece más allá de las propias vidas de sus realizadores.

Es la versión material de lo que los antropólogos, llaman cultura: todos los conocimientos, talentos cultivados, modos de operar, de convivir, de disfrutar de la vida de la especie humana, de producir y de distribuir.

Música, canto, pintura escritura, numeración, gastronomía, medicina, educación, arquitectura, teatro, danza, computación, internet, novela, deporte, radio, televisión, transmisión satelital, geometría, navegación. También (tristemente) armas y ejércitos, guarniciones, bombas y murallas. Trasmitido y transformado de generación en generación, de latitud a latitud.

Las sociedades humanas han acumulado particular y colectivamente estos resultados de trabajo humano de muchas generaciones anteriores, incluso de las actuales en retiro, (que algunos analistas irresponsables consideran una carga para las actualmente productivas). Trabajo que las nuevas continúan aportando al gran capital social.

Dicho de otro modo: de todo lo producido por las generaciones anteriores, en el ámbito material y cultural, ha ido quedando un remanente, una plusvalía para la continuación de las actuales y de las que sigan.

De las grandes realizaciones públicas de otros tiempos, civiles o religiosas, materiales o culturales, la plusvalía resulta colectiva y para convivencia de todos: lo del dominio público no paga regalías.

Por otro lado, en la fase de la economía de mercado (y con la notoria excepción de Japón-Corea, desarrollados por la iniciativa férrea del poder público) el volumen mayoritario de la generación de plusvalía,  (o sea el precio global de lo producido y vendido, restado de los recursos y del trabajo humano invertido) ha correspondido a la empresa privada, de cualquier tamaño.

Organizar la producción con el trabajo articulado de otros, es también trabajo en sí y requiere igualmente su propia remuneración. Así lo entienden en general los regímenes fiscales cuando lo consideran “producto del trabajo”.

Por supuesto el trabajo particular de quienes colaboran con la empresa debe ser igualmente remunerado; y también capitalizado, de modo tal que, además de su derecho familiar a una vida de bienestar,  igualmente siga mejorando la productividad social.

Desde hace más de 30 años vemos, sin embargo, que la plusvalía se ha vuelto ineficiente, simple capital acumulado, en México y en el mundo, a causa de la voracidad miope, lo que ha llevado a la economía mundial y a la mexicana a la esterilidad y al derrumbe.

“El crecimiento tiene que ver con la inversión”, dijo el presidente Santos de Colombia en la CELAC. Sí. Pero nadie invierte a lo tonto si no hay demanda. La inversión tiene que ver de manera causal con la demanda: previa o realmente potencial; y la demanda tiene que ver con el ingreso familiar, que deriva del trabajo remunerado. El Buen Fin no puede tener buen fin.

Pretexto no creíble es atribuir a la buena remuneración salarial la causa de la inflación: solo prejuicios ideológicos lo sustentan. El único aumento artificial de la plusvalía, y de la inflación, deriva de la especulación del mercado inmobiliario: la superficie global no crece y la demanda de espacio aumenta. (ejemplo: el Bajío de Zapopan). Así aumenta artificialmente el valor inmobiliario, que contribuye a la inflación general de manera decisiva.

 Al igual que el comercio de los recursos naturales, que ha entrado en una alocada carrera de acaparación en territorios ajenos, con propósitos de control global.

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