Dos opciones de la oligarquía para 2018

La gran oligarquía piensa a largo plazo: no hay duda de ello. Hablamos de la gran oligarquía internacional, delegación México.

Ya tienen claro que la minoría que tiene tiempo (y aptitud) de pensar sobre lo que pasa en el país, en algún rato que le permita su angustia por sobrevivir en un país que se hunde y se hunde, está ya harta y “hasta la madre” de todos los políticos en funciones y claramente convencida de que la alternancia PRI-PAN o PAN-PRI para nada representa verdadera democracia; y mucho menos (que nada) ha contribuido al bienestar de los hogares mexicanos.

También saben los poderosos que esa minoría nacional consciente conoce que los datos duros del TLCAN indican que hubo desde 1994 espectaculares aumentos de la exportaciones (y de las importaciones); pero también tiene claro que la masa salarial está hundida, que en el país no hay desarrollo ni siquiera crecimiento, que la nueva generación tiene cerrada las opciones profesionales y que, por eso, básicamente por eso, el país está hundido en la violencia, la inseguridad y la descomposición social.

Ahora viene no sólo el saqueo fiscal de la clase media (dado que a los trabajadores de base, del decil inferior, no se les puede exprimir más y que el mercado interno está hundido y ni con Buen Fin se compone), sino que Hacienda impone el absurdo sistema electrónico a los muy pequeños negocios, o trabajadores autónomos que ni siquiera tienen computadora e internet.

Todo esto para seguir sumisamente los dictados del FATCA, o sea del Foreing Account Tax Compliance  Act. El FATCA es otra modalidad más de la globalización impuesta desde los centros mundiales del poder real.

Ya sabemos de la obsesión “norteamericana” por acopiar ansiosamente información: información de todo, aunque después no sepan digerirla ni qué hacer con ella y que por todos lados vean “terroristas” (antes comunistas) y peligros a la “seguridad nacional”.

Aunque hay que reconocerlo: ellos sí saben que la actividad energética es estratégica.

También sabemos nosotros que no todos los ciudadanos en el seno mismo de la estructura pública del imperio están de acuerdo con esa obsesión por el espionaje, o síndrome de Big Brother, y que por dentro se les ha reventado, como el caso de Manning o Snowden; y que hay gobiernos dignos, como el de Dilma Rousseff, que consideran inaceptable esa descarada intromisión.

Pero cuando hay complicidad en la imposición de gobiernos que no aguantan ni la consulta ciudadana, entonces hay que pagar por ello: con crudo abundante garantizado, con interconexión eléctrica, o con FATCA.

Pero el hecho político real es que la ciudadanía está descontenta, muy descontenta, con el PRI y con el PAN, con todos sus acuerdos antinacionales tomados conjuntamente por ambos: 17 decisiones graves tomadas al alimón desde 1989 (como se detalló en la nota pasada). El hecho futuro es que el descontento seguirá creciendo; y lo saben los poderosos.

Así que le quedan dos opciones para el 2018 a la oligarquía nacional confederada a la globalidad: o el PRIAN en coalición electoral, o la izquierda “moderna” a modo. En el primer caso, “si lo sabe Dios que lo sepan los hombres”.

Para ello se pusieron las bases legales y políticas desde la Xl Asamblea Nacional del PRI, que le permitió, después de la jornada electoral de julio del 2012, deshacerse de los estorbosos principios doctrinarios basados directamente en los postulados de la Revolución Mexicana y que sostuvo hasta 1989, cuando se cerró el “subversivo” Instituto de Capacitación Política que los difundía.

Ahora nada impide al PRI, ni legal, ni políticamente, seguir demoliendo los arcaicos postulados de 1917 y su proyecto inconcluso de nación, para dar paso a la confederación norteamericana (con muro migratorio de por medio). El PAN por supuesto, tampoco tiene ningún inconveniente desde la Convención Nacional de 1976, cuando no pudo presentar candidato presidencial, al arribo de los empresaristas.

La izquierda moderna y negociadora podría tener cara femenina para hacerla más amable a los electores, o podría tener varias. Siempre y cuando no pretenda revertir las 17 decisiones estructurales tomadas de 1989 a 2013 inclusive; ni se empeñe en la rectoría económica del Estado, ni en refinerías, ni petroquímica, ni siderúrgicas propias, ni en salario mínimo remunerador.

Sería, naturalmente, de acuerdo con el esquema de Lampedusa: “que todo cambie para que todo quede igual”. Al cabo que en México tenemos larga experiencia desde el Plan Trigarante del templo de la Profesa en 1821. 

 

P.D.  Alimón: “juego de muchachos que divididos en dos bandos y asidos de las manos se colocaban frente a frente y avanzaban y retrocedían a la vez cantando”.

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