El mito de los valores

Cuando en 1789 el pueblo bajo de París, hambriento y furioso por la opresión de los reyes de Borbón y su proclamado derecho divino, asaltó la Bastilla y derrocó la monarquía, iba inspirado por tres valores sublimes, que transmitió al mundo: Libertad, Igualdad, Fraternidad.

Antes de la toma de la Bastilla por la fuerza y la ira popular, se había operado en el pueblo francés la toma de conciencia de sus derechos, en el caldo de cultivo de su hambre y la opresión que sufría. A partir de ahí se impuso el estilo de llamarse todo el mundo: ciudadana, ciudadano.

Los principales responsables de esa toma de conciencia habían sido los redactores de la Enciclopedia: los enciclopedistas, muchos de los cuales habían sido discípulos y alumnos de los colegios jesuitas.

Los jesuitas en sus colegios de Europa y América difundían desde el siglo XVl las doctrinas del vasco Francisco de Vitoria, paisano de Éneco de Loyola, sobre la soberanía y el derecho de todos los pueblos del mundo a su autodeterminación y a decidir su gobierno: no hay derecho divino de los reyes.

Pocos años antes de la rebelión parisina, en 1767 el pueblo de Guanajuato y de otras poblaciones del Virreinato de la Nueva España se amotinó contra la expulsión de los jesuitas de todos los dominios de los reyes de España, también Borbones.

El pueblo exigía sus derechos. El virrey Francisco de Croix aplastó la rebelión popular y la ahogó en sangre.

El pasado sigue estando presente en nuestro presente: “de una vez para lo venidero deben saber los vasallos del Gran Monarca que ocupa el trono de España, que nacieron para callar y obedecer y no para discutir ni opinar en los altos asuntos del gobierno”. Así dijo el virrey; así actúan muchos políticos de hoy, supuestamente electos (incluso algún diputado al Congreso del Estado de Jalisco).

¿Cuáles eran los valores del virrey y cuáles los del pueblo de Guanajuato? Para el virrey ¿eran el derecho de conquista a sangre y fuego y el arrebato de las tierras a los naturales? ¿Era el derecho divino de los reyes a oprimir a los pueblos contra su voluntad, y a recibir por herencia el mando sobre los “vasallos”? ¿Era para el virrey obligación moral imponer a todos los súbditos la única religión verdadera?

Para el pueblo de Guanajuato ¿era un valor la idea del jesuita Francisco Xavier Clavigero, desterrado a Bolonia, Italia, de que las tierras de la América mexicana eran una patría propia y amada?  Eso había enseñado en Guadalajara.

Hace 2 mil años un hombre conocido como Jehoshúa el Nazareno predicaba por los pueblos de Galilea: “Buscad primero el reino de Dios y su justicia”.

En Atenas, un habitante de segunda categoría, porque era meteco por ser macedonio y no ateniense, llamado Aristóteles de Estagira, hijo del médico Nicómaco, enseñaba que la justicia es el valor supremo y fundamento de todos los valores.  Dice Aristóteles: “La justicia parece la más excelente de las virtudes; y para emplear un proverbio, afirmamos que en la justicia están comprendidas todas las virtudes”. Así dijo apelando a la sabiduría popular.

Por estas tierras de la América en español, abogados de mentalidad cuadrada decimonónica siguen repitiendo como pericos el dicho imperial romano de que “la ley es dura, pero es la ley”. Como si no tuvieran claro que la ley es la institucionalización de los intereses dominantes.

A nadie debe sorprenderle que en muchas ocasiones los miembros de un pueblo históricamente oprimido manifiesten en la mentalidad  subconsciente y en la práctica un recóndito desdén por la ley y la violen en cuanto les resulte conveniente y prevean impunidad.

Tampoco es de asombrar el rechazo generalizado a la impunidad de los poderosos, igualmente generalizada, frente a los grandes abusos que se cometen precisamente por el grupo obligado a la aplicación de la ley.

En la esfera de los valores la ley es la dama de compañía de la justicia; y no al revés. Así debe ser.

La familia es objetivamente, históricamente el núcleo y punto de arranque de la sociedad. Igualmente es histórica la migración, que ocupó el planeta entero. Migración emprendida en muchos casos por individuos audaces, que después forman familias en su nuevo asiento.

Aquí: el que no descendió de Behring, descendió del barco. Pero todos, todos venimos de la misma Eva africana. Ahí está el fundamento biológico de nuestra fraternidad universal, republicana.

El bienestar colectivo: “el bien común” en el que insistió Tomás de Aquino, seguidor medieval de la doctrina aristotélica de la justicia retributiva como función esencial del Estado, tiene su fundamento en el ingreso necesario “para un jefe de familia”. Esa es la mejor garantía para la integración familiar: valor ahora asediado desde el poder nacional. Por 40 años.

Dijo el Nazareno: ¿Cómo puede alguien decir que ama a Dios, que no ve, si no ama a su hermano, que sí ve?

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