La masa salarial: ahí está el meollo

Mariano Otero, jalisciense, tenía 25 años en 1842. En su ensayo proclama: “Los que buscan las instituciones y las leyes de un país como ingeniosas combinaciones de números, ignoran que esa constitución existe toda entera en la organización de la propiedad”.

En un artículo publicado el 29 de noviembre de 2007, el doctor Juan María Alponte decía: “He mantenido por años que el problema de México no gravita en la pobreza, sino sobre la desigualdad.  Los sistemas para paliar la pobreza al margen del debate sobre la desigualdad, y sin hablarse nunca de la distribución del ingreso, pueden transformarse en procesos de corrupción y clientelismo. A veces humillante”.

¡Qué diría hoy el doctor Alponte sobre las cruzadas! Hombre de pruebas citaba: “La Comisión Económica Europea señala que la masa salarial  representó en la Europa de los 15 (la de mayor nivel de vida) en 1975 el 69.9 por ciento del PIB, y en el año 2006 el 57.8 por ciento. En algunos países como Inglaterra ha descendido del 72.2 por ciento del PIB al 61.8. En España se ha pasado del 67.9 por ciento en 1976 al 54.5 por ciento en 2006. En suma la redistribución del ingreso está creciendo del lado del capital y no del trabajo”.

Pero luego llega a México y ahí está lo grave. Dice Alponte: “Lo grave es que sólo en 1994 llegó la masa salarial mexicana al 35.26 por ciento, para descender en 1995 a 31.02 y continuarse la pauta decreciente”.

La pauta decreciente no ha parado en los años de las mismas políticas neoliberales del PRI y del PAN; y el PRI. La masa salarial,  la parte del producto nacional bruto que corresponde cada año a remunerar el factor trabajo (del 99 por ciento de los mexicanos), frente a los rendimientos del capital invertido, ha seguido bajando.

David Márquez Ayala, el mejor econometrista de México, nos envía la tabla 2003-2012 con datos de INEGI: desde 2003 ha bajado de 30.1 a 27.0 por ciento del PIB en 2012. El otro 73 por ciento restante ha correspondido a pago de capital invertido, nacional y extranjero.

Mientras tanto, las universidades públicas, ya sin sustento constitucional desde marzo de 1993 (en votación conjunta del PAN y el PRI) hoy reciben al 10 por ciento de los aspirantes a ingresar a su matrícula. Los egresados, por miles, no consiguen empleo. Ni estudian ni trabajan. Los jóvenes médicos no encuentran espacio en las instituciones de la seguridad social, que están atestadas de pacientes. No faltan médicos; faltan plazas. La mortalidad infantil, y materna, sigue sin abatirse en amplias zonas del país.

Hasta las tiendas de autoservicio alzan la voz: están abarrotadas de mercancías. No falta producción. Falta quien compre. Porque sencillamente falta ingreso familiar. No hay salario. No hay masa salarial. La acumulación de capital es monstruosa. El 99 por ciento que trabaja no tiene acceso real al fruto del trabajo humano organizado. La economía está estrangulada, diga lo que diga el doctor Videgaray. Sin compras no camina la economía.

También los bancos han alzado la voz por la cartera vencida. Muchos clientes compraron a crédito y no tienen ingresos para pagar. Más los empresarios que se movían con dinero prestado y se han abarrotado de mercancía no vendida.

Por favor: que nadie crea que con más policías y soldados, chalecos y metralletas va a poder mejorar (o componerse) la seguridad pública, que se va a disminuir el malestar social generalizado. Nadie crea que va a mejorar la atención médica de los derechohabientes (los que tienen derecho). Que van a poder ingresar a la educación media superior y a la universitaria todos los jóvenes que así lo pretendan; y que terminando sus estudios, encontrarán empleo productivo y dignamente remunerado.

¡Acabad ya con esta crisis! Se llama el libro (en traducción española) del doctor Paul Krugman, Premio Nobel de Economía 2008, que ha sido asesor del Banco Mundial y de la Conferencia de la ONU Para el Comercio y el Desarrollo. Dice que: “la mejor forma de pensar sobre esta crisis continuada, a mi modo de ver, es aceptar el hecho de que estamos viviendo una verdadera depresión”. Las cifras de Estados Unidos este trimestre primero de 2014 (y también las nuestras, uncidas a las de ellos) le dan rotundamente la razón de lo que escribió en 2012.

“Nuestra economía seguirá estando débil durante mucho tiempo, mientras los gestores de nuestras políticas no cambien de rumbo”. Y para que quede claro de qué está hablando, afirma: “la extrema desigualdad puede tener un efecto muy corrosivo en la sociedad”.

Tener una masa salarial de 26 por ciento en una economía como la mexicana, de las 15 mayores del mundo, no sólo es una terrible injusticia. Es una insensatez mayúscula. Para todos.

 

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