No era un marciano

Al igual que en el absurdo caso del joven escolar de Murysville que acuchilló a 21 personas, y a los numerosos y repetidos casos  de jóvenes perturbados y violentos, no queda otra más que preguntarse en serio: ¿qué estamos haciendo con la juventud?

Dolida memoria de Ana Rosa

de Alba Muñiz

El grito de dolor del Papa Francisco, argentino y universal (que eso quiere decir católico) debe ser oído en todo el orbe.  “No era un marciano; era un muchacho de nuestro pueblo”. Es todo un reclamo de lo que nuestra sociedad, de la que todos formamos parte,  está haciendo con la nueva generación.

Esta generación juvenil que, según los pronósticos demográficos y económicos, debería,  y podría, ser el gran “bono demográfico de este inicio de siglo y que, por lo contrario, nuestra sociedad ha hostigado, obstruido y cerrado para ella toda clase de oportunidades dignas, y la ha orillado a la prostitución,  las adicciones y a las conductas antisociales”.

En este caso concreto,  como en el disímbolo ocurrido en Murysville,  Pennsylvania, también ha orillado a la violencia y a la muerte absurda (toda muerte no natural lo es).

“Me dolía el cuerpo del pibe” dijo el Papa, citado por Stella Collini (ahora homenajeada). Es el caso del joven David Moreira, de 18 años, matado a golpes por la multitud enardecida, por sospecharse que había robado una cartera. Dijo Francisco, jesuita y seguidor de Jesús (el que despenalizó a la adúltera, porque del adúltero no dice nada el Evangelio) que “me acordé de Jesús: el que esté sin pecado que dé la primera patada”.

En su propia cuenta de Facebook: “Me dolía todo, me dolía el cuerpo del pibe, me dolía el corazón de los que lo patearon. Pensé que a ese chico lo hicimos nosotros, creció entre nosotros, se educó entre nosotros”.

Esta es la reflexión central, la nota de validez oficial que trasciende la dolorosa anécdota del acontecimiento aislado. Que no deja de llevar una gran lección general.

Al igual que en el absurdo caso del joven escolar de Murysville que acuchilló a 21 personas, y a los numerosos y repetidos casos  de jóvenes perturbados y violentos, no queda otra más que preguntarse en serio: ¿qué estamos haciendo con la juventud?

La UNAM nos hace, al mismo tiempo,  saber que en el Primer Concurso de ingreso a licenciaturas sólo 11 mil 348 aspirantes obtuvieron lugar de entre  los 126 mil 683 alumnos que presentaron el  examen de solicitud.  Dicho de otro modo: el 91 por ciento vio cerradas las puertas de la oportunidad de cursar una carrera profesional en la institución pública.

Pero esta situación tiene un marco de referencia. El 5 de marzo de 1993 el PRI y el PAN, junto con los enanos mercenarios, lograron la mayoría calificada parlamentaria para reformar el artículo tercero de la Constitución: uno de los 4 grandes puntales del proyecto nacional, el verdadero pacto por México hoy bastante maltrecho a causa de la actuación sistemática de los “arriba citados”.  Al igual que otras 15 veces desde 1989 que han votado juntitos como hermanitos contra los intereses del pueblo mexicano, al que dicen representar.

En esa reforma se estableció reducir y limitar el carácter gratuito de la enseñanza pública a sólo el nivel de primaria y secundaria, dejando al mercado como mercancía la educación media superior y universitaria y cerrando así la matrícula a los jóvenes mexicanos.

Cerrado y obstruido igualmente el horizonte del empleo, desde la imposición de las políticas neoliberales de los gobiernos de los últimos 31 años, millones de jóvenes mexicanos han pasado a la categoría de “ninis”: ni empleo ni oportunidad de estudiar.

Aunque jóvenes como el pibe David Moreira tuvieran en México un debido proceso, en el “estado de derecho” imperante en México, acabarían por largos años, los mejores de su juventud, recluidos en la más refinada y eficaz escuela del crimen: bastante más cara, por cierto, para el presupuesto público que sostenerlos becados en su formación profesional.

La maestra Sylvia Ortega, reconocida educadora y directora del Colegio de Bachilleres en el Distrito Federal, reflexiona: “Hay que mejorarlos dramáticamente, porque los alumnos deben de estar no sólo seguros, sino felices. Pero el entorno no le toca a la escuela, sino a todos los que vivimos en la ciudad. Y más vale que nos hagamos cargo. Hemos convertido a los jóvenes en una especie de peligro, y no lo son. Al contrario, se enfrentan al peligro y debemos darles las mejores armas para hacerlo”.

En la ciudad, en el país y en el mundo.

P. D. El papa Francisco, sobre Venezuela, está “plenamente convencido de que la violencia nunca podrá traer la paz”.

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