Gasolinazo: El rábano por las hojas

¿Por qué engañan a la gente? La gente que es, que debe ser la verdadera soberana: la que marque las grandes líneas de las políticas públicas, que deben estar orientadas hacia el bienestar mayoritario.

Los ciudadanos se enteran cuando ya explotó la bomba. Siendo que todo esto se gestó desde 2013, con la abierta complicidad del Poder Ejecutivo, priista, y el Legislativo Federal, donde tramaron juntos PAN (que lo había intentado en 2008) más PRI, más Verde y adláteres.

Ahora dice José Antonio Meade, secretario de Hacienda y Crédito Público, y dice bien, que estamos (todos los mexicanos) metidos en un callejón sin salida, en el que los indignantes y disparatados aumentos a las gasolinas y al diésel, no tienen más alternativas que: el recorte a los gastos públicos en salud y educación, el aumento de impuestos (no dice a quién), o mayor endeudamiento (y estamos hasta las cachas).

Lo que no dice Meade, ni de pasadita menciona, es que el horror de lo que se ha llamado Reforma Energética, fue aprobado por mayoría calificada de dos tercios, tanto en el Senado como en la Cámara de Diputados; más la mayoría de las Legislaturas Estatales, incluida la de Jalisco (donde a quienes protestábamos por fuera se nos acusó de vándalos, siendo que el verdadero vandalismo se estaba cometiendo dentro). Hay constancia de qué legisladores y de qué partidos votaron a favor.

Tampoco dice Meade que esa contrarreforma traicionaba el espíritu mismo de la Expropiación Petrolera de Lázaro Cárdenas, respaldada masivamente por el pueblo mexicano cuando fue enterado e informado en cadena nacional por el presidente, explicando las causas y consecuencias; y la gente entendió el sentido profundo de lo que se decidía, y lo respaldó con entusiasmo.

Que, entre otros propósitos, en aquel lejano 1938, la nacionalización energética significaba la soberanía de la necesaria movilidad nacional, sustrayéndola de los vaivenes de los precios internacionales de los hidrocarburos. Como ha sido hasta ahora.

Ahora Meade se suma al coro de los que irresponsablemente atribuyen el desastre a la “volatilidad” de los precios internacionales, en la que ellos se clavaron de la manera más irreflexiva, si no que perversa; pero en todo caso traidora a la patria.

¿Quién les manda meterse a la oferta y demanda internacional, si ellos, que son letrados, saben que la sana competencia tiene precisamente como propósito el abaratar el precio y mejorar el servicio? ¿Pero qué necesidad?

¿Puede el señor Meade explicar por qué México, país con abundancia de petróleo, que se acaba, y que tuvo en 1979 seis refinerías, que atendían a plenitud la movilidad nacional estratégica a costos de producción y precios al público muy convenientes, con técnicos nacionales altamente capacitados egresados del Poli, está hoy en la peligrosísima situación de alta vulnerabilidad, importando el 75 por ciento de las gasolinas, y sujeto a los humores de Donald Trump, con desabastos y precios inaceptables para la población? Siguen faltando en el país otras 5 refinerías.

¿Puede alguien sensato explicar que aquí en Jalisco, en más de 20 años en el AMG no se haya construido ni una sola estación más del tren eléctrico, siendo que por política pública federal y alegremente secundada en el estado, se haya quintuplicado y más el poblamiento a 15 y hasta 20 kilómetros al sur del Periférico, sumando así 3 horas a la jornada laboral de las mayorías?

Se hacen ahora comparaciones del precio de las gasolinas con diversos países del mundo. Sorprende que ni uno solo de los cuadros comparativos mencione el precio en Venezuela.

Se debate sobre el impuesto que pagamos todos, de 6 pesos por litro, incluso quienes viajan en transporte colectivo; y se cruza el tema con el del subsidio a la importación.

La pregunta real no es sobre el subsidio a la importación;  sino ¿por qué tenemos importación de gasolina, sujeta a las veleidades del mercado internacional, en una economía que tuvo autosuficiencia y seguridad de abasto y regularidad de precio al público hasta 1982, con capacidad técnica propia? ¿Por qué no construimos las refinerías que nos faltan?

Y ahora la pregunta esencial y verdadera de todo este debate desenfocado: ¿Por qué Pemex ha tenido que subsidiar el 40 por ciento del presupuesto federal de cada año, en detrimento creciente del patrimonio energético de nuestros hijos y nietos, desde 1982 hasta 2015, en que se les vino abajo el tinglado por “factores externos”, en los que nunca debieron de habernos metido?

P. D.  La calle es el último reducto de la democracia.

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