Divorcio norteamericano

El marido golpeador reclama divorcio entre gritos y manotazos. Pues ¡qué alivio! Era el matrimonio concertado más absurdo y pernicioso. Dicen por ahí los entendidos que el estado perfecto de la mujer es la viudez. (Toda comparación tiene sus límites).

Vamos a seguir siendo vecinos. Para siempre, a pesar de muros. ¿Qué hacer en los nuevos tiempos? Dos normas fundamentales en la nueva convivencia: dignidad y serenidad. “El respeto al derecho ajeno es la paz”. Respetar y hacer respetar.

Lo adelantábamos hace un par de meses: las nuevas rispideces nos obligarán a ser más nosotros-mismos. Vamos a ver de a cómo nos toca.

Ser más nosotros-mismos: lo que quisieron los padres constituyentes hace 100 años (menos 5 días). Ahora más, frente a la inevitable globalidad, llegar fuertes.

El nuevo proyecto nacional tendrá dos frentes definidos: el interno y el exterior.

En el interno hay varios elementos sin discusión: la autosuficiencia alimentaria, sin angustiosas dependencias de “factores externos”; el aseguramiento de la paz nacional, sin violencia importada ni armas coladas; la movilidad propia, con el combustible propio, producido en refinerías propias con el recurso natural propio; y la integración de las cadenas productivas nacionales a partir de nuestras ventajas comparativas: petróleo, sol, trabajo humano hábil y capacitado.

Y, por supuesto, un mercado interno sano (hoy desperdiciado a la mitad) con ingresos familiares sustentados en un trabajo humano bien reconocido y bien remunerado.

En el frente exterior tiene que recuperarse el patriotismo, el talento diplomático, la dignidad y la eficacia ejemplar del Servicio Exterior Mexicano del siglo XX que era referencia en toda América y en el mundo.

Con hombres y mujeres de talla excepcional, como el Premio Nobel don Alfonso García Robles o don Jorge Castañeda (padre). Siempre sobre los Principios de Derecho Internacional, que hoy son parte de la institucionalidad de las Naciones Unidas; y del texto constitucional mexicano: “La autodeterminación de los pueblos, la no intervención, la solución pacífica de las controversias, la proscripción de la amenaza o el uso de la fuerza en las relaciones internacionales, la igualdad jurídica de los Estados, la cooperación internacional para el desarrollo; el respeto, la protección y promoción de los derechos humanos, y la lucha por la paz y la seguridad internacionales”.

Para México, estos principios no sólo fueron norma obligatoria de la propia conducta. Fueron, al mismo tiempo, escudo protector frente a un mundo hostil y avasallador. Es momento de esgrimirlos nuevamente.

Parece que ese tal personaje no sólo está empeñado en manejar a su propia nación como una sociedad anónima conformada con acciones (stocks) de distinto calibre. También quiere hacer lo mismo con el resto del mundo. No tiene por qué contar con nosotros: los del otro lado del muro.

En el ámbito internacional tiene el Estado mexicano que dar una contienda fundamental: los derechos humanos de los trabajadores, el factor productivo generador de todos los bienes materiales. Será necesario apelar a las grandes convenciones y a sus principios rectores.

Es de toda lógica: quien sea legalmente contratado debe ser legalmente residente.

Si al norte del muro, nuestros permanentes vecinos quieren recuperar su sector industrial, están en su derecho; y ellos tomarán las medidas que consideren pertinentes.

Si quieren mantener su fuerza laboral en el sector agropecuario, o en el de servicios básicos, con personas llegadas de nuestro país, tendrá que ser su propia dinámica empresarial la que abandone la hipocresía oficial y reclame a su gobierno la libertad de contratación, que sostienen como principio de su convivencia. Contratación legal debe suponer residencia legal de manera inherente, inseparable.

Esa aberración de los “ilegales”, sostenida por más de medio siglo con la única excepción considerable de la Segunda Guerra Mundial, es la raíz de todos los atropellos cometidos contra nuestros compatriotas, tolerados e “invisibles”, contribuyendo a su economía.

En verdad es una bofetada a la lógica que, en un país donde presumiblemente todo individuo está plenamente localizado y registrado, existen más de 15 millones de extranjeros sin documentos, la inmensa mayoría de ellos dedicados a trabajos productivos y pagando impuestos. Muchos de ellos son mexicanos. Esta situación generalizada por decenios contradice de frente la ética de los derechos humanos universales; y también las normas internacionales y hasta su propia Constitución, a la que apelan.

Obligación nuestra es denunciar tal hipocresía.

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