Esa economía mata, dice el Papa Francisco

Que no queden tranquilos quienes explotan malpagando el esfuerzo humano de millones de seres humanos. “Esa economía de la exclusión y de la inequidad mata”.

A don Rafael De León, obispo
de Zapotlán, y a José Sánchez,

párroco de Sayula, ejemplares

pastores de almas

Lejos de la intención de esta columna apartarse de la laicidad, que ha pretendido sea su norma. Laicidad que se sustenta en el indeclinable derecho de todo ser humano de profesar las creencias religiosas que respondan a su personal conciencia, sin imposiciones.

La Iglesia Católica Romana, como institución jerárquica integrada por seres humanos, está pasando ahora por un claro proceso de reencuentro con el espíritu evangélico original, que fue norma central de las comunidades originarias de cristianos, de acercamiento prioritario a los pobres.

En la recientemente publicada Exhortación Apostólica del Santo Padre Francisco, titulada La Alegría del Evangelio, Evangelii Gaudium, el párrafo 53: No a una Economía de la Exclusión, dice textualmente: “Así como el mandamiento de no matar pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir: no a la economía de la exclusión y la inequidad. Esa economía mata”.

El que pueda entender que entienda. Desde niños hemos aprendido por estas latitudes los 10 mandamientos de las Tablas de Moisés: el quinto No matarás; el séptimo No hurtarás. Ahora la terrible realidad social imperante hurta y mata. Roba el trabajo del pobre, desprotege a la niñez y a la maternidad: ocasiona desnutrición, retraso mental, marginación, ignorancia, falta de higiene elemental, orilla a la juventud sin opciones a caer en el crimen homicida, la drogadicción y la desesperanza. Mata.

Que no queden tranquilos quienes explotan malpagando el esfuerzo humano de millones de seres humanos. “Esa economía de la exclusión y de la inequidad mata”.

No es una pobreza técnica, como simple falta de recursos para  vivir dignamente como seres humanos. “Es una pobreza estructural” dice el Papa Francisco. Donde hay pobres siempre hay ricos. Que se quedan con el fruto del sudor y de la sangre del pobre. No es metáfora literaria. En repetidas ocasiones vemos cómo los empleadores se desentienden de hacerse cargo de los accidentes de trabajo de los empleados. Sólo como un ejemplo recordemos el indignante episodio de la mina de Pasta de Conchos.

Esta repetitiva columna no resiste el impulso de citar una vez más a José María Morelos el gran insurgente: “de tal suerte se aumente el jornal del pobre, que mejore sus costumbres, alejando la ignorancia, la rapiña y el hurto”.

Otro siglo de origen hubiera tenido la nación mexicana si el proyecto insurgente de desconquista en el orden social de la población no hubiera sido traicionado por la Independencia de las Tres Garantías tramada en el complot de los jerarcas eclesiásticos en el templo de la Profesa y ejecutada por Agustín de Iturbide. Cien años más de explotación colonial de las mayorías no criollas bajo la flamante bandera tricolor.

“Eso es inequidad –dice Francisco – Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al débil. Como consecuencia de esta situación, grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida. Se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar”.

Hay otro punto a destacarse en esta inquietante Exhortación Apostólica del Papa: la necesaria rectoría económica del Estado, hoy desterrada por los dogmas neoliberales.

Dice Francisco: “Mientras las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de la mayoría se quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz. Este desequilibrio proviene de ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera. De ahí que nieguen el derecho de control de los Estados, encargados de velar por el bien común. Se instaura una tiranía invisible”.

Provienen de ideologías. Para ilustrar su dicho, cita a su vez el Papa a uno de los padres de la Iglesia, San Juan Crisóstomo: “No compartir con los pobres los propios bienes es robarles y quitarles la vida. No son nuestros los bienes que tenemos, sino suyos”. Robarles y quitarles la vida.

Remata el jerarca de origen latinoamericano: “No habría programas políticos ni recursos policiales o de inteligencia que puedan asegurar indefinidamente la tranquilidad”. Quien sobrellevó en su tierra (y en las vecinas) la dictadura, sabe de qué habla. Al margen de dogmas, no habrá quien dude del peso que esta Exhortación tiene en la opinión de la sociedad de todos los pueblos de la tierra. Ni de la rectitud de sus dichos.

P.D. Definitoria ha resultado la mediación de Francisco en el restablecimiento de las relaciones diplomáticas EUA - Cuba, saludado por toda la comunidad internacional.

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