Dos cardenales y un Papa: el voto y el salario

El voto es el sacramento de la democracia” dejó dicho don Samuel Ruiz, obispo de San Cristóbal de las Casas, Chiapas, querido por sus indios. La jerarquía católica ahora está preocupada por los asuntos electorales. Qué bueno.

“No queremos que los pobres sean utilizados con fines políticos, sino que sean integralmente promovidos para que sean libres seres humanos”, advirtió el arzobispo católico de Guadalajara y cardenal Francisco Robles Ortega.

No será muy aventurado decir que entre los fieles que pastorea el señor cardenal y que siguen su doctrina, hay más vendedores que compradores del voto.

Porque para uno que compra, hay otro que vende. Ya sabemos que quienes compran el voto son unos delincuentes perversos que se apropian con engaños y privatizan la soberanía del pueblo; y muy específicamente de los pobres, marginados, ignorantes (porque la ignorancia es parte integrante de la marginación, y el desdoro no es atribuible al ignorante sino al explotador que lo mantiene en la ignorancia).

No parece creíble, ni congruente con la doctrina cristiana, que quienes compran el voto sean fieles católicos, discípulos del señor cardenal y arzobispo, y atentos a sus directrices. Por tanto, no parece muy eficaz que se predique contra la compra del voto.

Los compradores de votos no son, ni pueden ser, fieles de la Iglesia Católica, ni de ninguna otra religión congruente con la esencia divina del ser humano; lo que conlleva un absoluto respeto a la soberanía: “vox populi, vox Dei”, como lo proclamaron los Padres de la Iglesia.

No es por ahí, entonces, por donde los jerarcas y líderes religiosos deben enfocar su orientación de la conducta cívica de sus fieles. Hay más vendedores, de buena fe, que compradores, perversos, entre los fieles católicos. Es una simple constatación de hechos. No es una discusión dogmática.

La esencia de la verdad no se afecta por la mayor o menor calidad moral de quien la diga. Esto es aplicable a muchos políticos panistas (y otros), que cuando se les hace notar alguna aberración social, sistemáticamente reviran atacando ad personam: poniendo en entredicho la calidad moral de quien denuncia. Puede que el que denuncia no tenga calidad moral, pero si la verdad la dice el diablo no deja de ser verdad.

Por supuesto que los líderes religiosos de cualquier agrupación religiosa tienen la atribución de orientar la conducta de sus fieles, incluso en sus obligaciones ciudadanas. Nada tiene que ver con la separación de las cosas del César y las cosas de Dios.

Nuestra historia, en efecto, no enseña dolorosa que la jerarquía católica formó parte del poder civil durante los 300 años de régimen colonial; y pretendía seguir haciéndolo durante la primera República. Esta situación  era “monstruosa”, según la describió el sacerdote José María Luis Mora.

Nadie podrá negar que la acción soberana, y solitaria, de decidir el gobierno, es decisión moral o ética. Es, por tanto, responsable ante la propia conciencia.

Vender el voto por una despensa, o por una hornilla, o por una tarjeta Verde, o por una pantalla, es prostitución de la propia soberanía. Lo sepa o no el vendedor o vendedora (porque el comprador claro que lo sabe). Hay muchos hijos de Cuauhtémoc Gutiérrez y de su mamá, sueltos por la geografía nacional.

Dice el cardenal emérito: “no vendan su libertad; las personas que tienen muchas necesidades y son pobres, pueden de otra manera y a largo plazo, conseguir lo que les hace falta, sin vender su dignidad, sin por un plato de lentejas vender la libertad”.

Según el relato bíblico, el anciano patriarca Isaac, cuando descubrió el engaño, también bendijo después a su hijo Esaú, el que vendió su primogenitura por un plato de lentejas porque tenía hambre: “Y sucederá que cuando te fortalezcas, descargarás el yugo fraterno de tu cerviz” le auguró.

Llegará la liberación de los que por hambre e ignorancia hayan vendido su voluntad soberana. Se liberarán del yugo. Cuando se fortalezcan.  Ese es el mensaje bíblico.

Recuerda el papa Francisco la contundencia del apóstol Santiago: “el salario de los obreros que segaron vuestros campos, y que no habéis pagado, está gritando; y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor”.

Reflexión oportuna para un país con 62 millones de pobres y de una oligarquía que desprecia la mitad del mercado interno y se va irreflexiva detrás de la Alianza Transpacífica.

 

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