Amnistía e impunidad

Tenemos un Estado más armado que nunca. Ni en la Revolución, ni en las dos invasiones extranjeras de la historia de la Nación mexicana hubo tal cantidad de armamento. Sin embargo, la realidad se impone: la inseguridad cunde por toda la sociedad, que vive temerosa, muy incierta sobre su seguridad personal.

Lo que es considerado por muchos pensadores como el primer deber del Estado, está claramente fallido en México. Algo nos dice, a primera vista, que no es por ahí; que andamos errados en la actuación.

Los índices de impunidad en México hoy andan cercanos al cien por ciento. Eso pura y simplemente se llama: estado fallido.

Por otro lado, la esencia real de la justicia no es la sanción en sí misma, sino la reparación cabal del daño. Este es un punto central, que no se puede soslayar. Frente a visiones decimonónicas sobre el monopolio del ejercicio de la fuerza por el Estado. En aquel siglo XIX en el que se pensaba más en la defensa de la propiedad que en la defensa de la vida.

Más antigua incluso es la visión de las comunidades originarias: de todo el mundo (no sólo en nuestro país) que ponen todo el empeño y prioridad en la reparación del daño ocasionado: naturalmente de cara al presente y hacia adelante. Frente a la visión represiva y punitiva de la justicia.

Todos sabemos que la impunidad es el aliciente y caldo de cultivo de la delincuencia y de la violencia. Pero no confundir: la impunidad no es la causa de la violencia. Cruda y descaradamente se lo dijeron algunos líderes del narcotráfico a un jerarca religioso: “Nuestro negocio no es la violencia; nuestro negocio es la venta de drogas”.

La lógica nos indica entonces que los daños a la salud no se combaten ni reducen a balazos; y que hoy tenemos, derivados de la prohibición, y en consecuencia, dos problemas descomunales, que deben ser distinguidos: las drogas y la violencia generalizada. Dos problemas diferentes.

Quizá deben ser distinguidos en dos fases: en el análisis y en la actuación; y diferenciados en ambas. Aunque hoy por hoy estén enredados el uno con el otro. No caben aquí arranques partidarios ni sombrerazos de campaña. Estamos hablando de la vida en paz de los mexicanos, de nuestros hijos y nietos.

Primero en el análisis: ¿qué ocasiona la drogadicción? ¿Por qué se volvió un desastre de tamaño internacional? ¿Cómo se puede separar la oferta mexicana de la demanda norteamericana? ¿de qué ha servido la prohibición? Los daños a la salud se combaten con salud; no con balas. Como se tratan el alcohol y el tabaco. El hecho histórico real es que la prohibición en nada ha reducido los daños a la salud; sólo ha aumentado la inseguridad de la gente.

Los balazos son un asunto diferente de la drogadicción: ¿cómo separarlos? Los daños a la salud y las muertes y heridas de las balas son dos cosas diferentes.

La incapacidad federal ante 250 mil homicidios intencionales es una cosa; y el porqué de la adicción individual a las drogas, como fenómeno social, es otra cosa. Cuánto de esas motivaciones individuales no tiene origen en una situación nacional de orillamiento y marginación: ese es el meollo de la cuestión.

Se sabe desde la primera clase de economía que donde hay demanda, surge de inmediato la oferta. Así, combatir la oferta no resuelve la demanda. La demanda sigue intacta: aquí y al norte de la frontera. Allá parece que ya están cayendo en la cuenta.

La amnistía es un procedimiento social, que se ha aplicado en otros tiempos y espacios (como Colombia) siempre en situaciones de excepción; y no puede confundirse analíticamente con la impunidad que propicia la continuidad del rompimiento de la ley.

Mucho menos con la impunidad generalizada, “normalizada”, que hoy se vive y se sufre en todo México. Impunidad que hoy deriva de la profunda corrupción que nos corroe en los niveles de procuración y de impartición de justicia. Hoy.

Evidentemente la impunidad generalizada actual nada tiene que ver con alguna futurible amnistía, sino con la arraigada corrupción actual, de hoy, igualmente impune. Que no nos griten “al ladrón” precisamente los que nos están robando ahora: hoy.

A principios de este año citamos en este mismo espacio, a propósito de la situación y consecuencias de la bilateral amnistía acordada en la fraterna Colombia, la información del destacado reportero Rafael Croda.

Decía: “Colombia vive el periodo de menor violencia del último siglo. La tasa de asesinatos, que llegó a ser la más alta de América Latina, cerrará este año en su menor nivel desde que se llevan registros. Y nunca habían sido tan bajos”.

Queda, pues, para reflexión. No para sombrerazos ni exabruptos de campaña barata confundiendo deliberadamente amnistía con impunidad.

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