El Santuario

Corresponde al Estado mexicano tutelar todos los derechos de todos los habitantes. Sean o no ciudadanos. A cada derecho de las personas corresponde una obligación del Estado mexicano. También los derechos religiosos.

El artículo 24 de nuestra Constitución es claro: Toda persona “es libre para profesar la creencia religiosa que más le agrade y para practicar las ceremonias, devociones o actos del culto respectivo, siempre que no constituyan un delito o falta penados por la ley. El Congreso no puede dictar leyes que establezcan o prohíban religión alguna”.

Sigue: “los actos religiosos de culto público se celebran ordinariamente en los templos. Los que extraordinariamente se celebran fuera de éstos se sujetarán a la ley reglamentaria”.

Es claro que en este segundo caso quedan comprendidas las grandes peregrinaciones que se celebran periódicamente a los santuarios como Guadalupe, San Juan de los Lagos, Zapopan, Talpa, Tila, Chalma, Mapimí, o La Luz del Mundo; o Wirikuta.

En esos casos, que necesariamente afectan de manera temporal la vida urbana en algunos espacios, es obligación del Estado dar las facilidades y establecer las modalidades de convivencia en los espacios públicos que contribuyan al bienestar de todos.

Desde luego, habrá derechos humanos elementales de los peregrinos que atender, como servicios sanitarios, agua; y otros de sentido común, como condiciones especiales de traslado. No sobra repetir que hablamos de derechos de las personas; y del correspondiente deber del Estado mexicano.

En fecha próxima: el 22 de noviembre se programa por parte del Arzobispado de Guadalajara un primer acto litúrgico en el nuevo Santuario de los Mártires de Cristo Rey, que calcula reunir a unos 10 mil fieles.

El santuario está erigido en terrenos de la demarcación municipal de Tlaquepaque; por lo que corresponderá a las autoridades edilicias de ese ayuntamiento tomar las medidas necesarias para tutelar los derechos de los peregrinos.

Por cierto, parece un tanto exagerado que, entre esas previsiones alguna instancia pública haya tomado la peregrina (en el otro sentido) decisión de cambiarle el nombre a la próxima estación del Tren Ligero, que escuetamente (como todas las estaciones de tren urbano del mundo entero) se llamaba Tesoro, y ahora lleva el nombre de Estación Santuario de los Mártires de Cristo Rey: el más largo nombre de estación en el mundo. Sospechosamente, huele a revanchismo.

Sobra decir que este próximo acto de culto público deberá contar con todo el apoyo logístico de la autoridad municipal. Así está comprometido.

Con el comedimiento que merece tratarse un tema notoriamente delicado todavía en México, es de proclamar aquí que precisamente los actos religiosos, siempre vinculados con la hermandad de los seres humanos, no conduzcan a abrir o escarbar viejas heridas históricas, que todavía no acaban de cerrar en nuestra tierra.

Es notoriamente inaceptable que en otro santuario, no tan lejano: el de Zamora, Michoacán, aparezcan precisamente en un vitral del presbiterio hombres con rifles y cananas imponiendo la religión a balazos: y que no quede claro a los fieles que asisten al templo, si los mártires de Cristo Rey son los que murieron por Cristo o los que mataron a nombre de Cristo.

La construcción del citado santuario michoacano contó con fondos aportados por Martha Sahagún, esposa de Vicente Fox. El origen de esos fondos no debe ser considerado como un asunto chismoso. Tampoco lo es el tema reflejado en los vistosos vitrales del presbiterio. Son asuntos públicos.

Muchas atrocidades se han cometido en nombre de la religión y del amor divino en todas las latitudes, en todas las épocas de la historia y en todas las religiones. Ninguna está exenta de esas monstruosidades que contradicen brutalmente la fraternidad universal de los seres humanos, que proclaman todas las religiones.

En estos momentos nos quedamos horrorizados por los degüellos, masacres y también por la destrucción del patrimonio cultural de la humanidad que se están cometiendo en el Medio Oriente por el llamado Sultanato, que ha inundado Europa de refugiados; y ha mostrado al mundo la fragilidad del sentimiento humano de fraternidad: de quienes ya sabemos científicamente que todos descendemos de la misma Eva africana.

Tampoco podemos echar al olvido que durante el régimen colonial español,  producto de una conquista sangrienta, el monstruoso régimen de castas quedaba consagrado en el registro parroquial de sacramentos estableciendo discriminaciones insalvables para toda la vida, totalmente contrarias a la fraternidad de los hijos de Dios. Porque todavía quedan polvos de aquellos lodos en nuestro presente.

Resulta inevitable citar aquí las palabras del Nazareno: ¿Cómo puedes decir que amas a Dios que no ves, si no amas a tu prójimo que sí ves?

 

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