Santa Cruz de la Sierra

Paradójicamente, Santa Cruz de la Sierra no está en la sierra, sino en el oriente selvático de Bolivia; no en la cordillera de los Andes, donde se encuentra La Paz, la capital del país, en la ceja del Altiplano, donde está asentado el aeropuerto a 4,050 metros sobre el nivel del mar. Ahí, al bajar del avión, es de reglamento tomar mate de coca, para evitar el soroche, o sea el mareo de altura.

Santa Cruz está, por decirlo así, en el centro de Suramérica, porque bajando de la Cordillera hacia el oriente, ahí se parten las dos grandes cuencas: la del Amazonas rumbo al norte y  la del Río de la Plata rumbo al sur. Así que los bolivianos nativos de Santa Cruz tienen un acento parecido al argentino y muy diferente de los collas, o sea los nativos de La Paz o Potosí.

Por cierto, por ahí cerca murió el Che Guevara queriendo iniciar la rebelión armada de los pobres de América. Fracasó porque le falló el pronóstico: resulta que en esas estribaciones orientales habían sido dotados de tierras los soldados-colonos empobrecidos del Altiplano, por la Revolución Boliviana de 1952.

Ahí en Santa Cruz de la Sierra, tierra petrolera y gasera, ha pronunciado el Papa Francisco el discurso seguramente más impactante de su pontificado, ante los jóvenes de los pueblos pobres de América. Importante por lo que en él dijo, que puede equipararse en trascendencia a una encíclica (como parece que comentó Cristina Fernández, la presidenta de Argentina).

Verdaderamente revolucionario lo dicho por Francisco ahí en el corazón de América del Sur. En efecto con los Movimientos Populares de América, reunidos en esa ciudad, dijo: “Les digo con pesar: se han cometido muchos y graves pecados contra los pueblos originarios de América en nombre de Dios”. Añadió: “Quiero ser muy claro: pido humildemente perdón, no sólo por las ofensas de la propia Iglesia sino por los crímenes contra los pueblos originarios durante la llamada conquista de América”.

¡Órdago! el propio jerarca máximo de la Iglesia Católica admite ante cientos de descendientes de los agraviados, la complicidad de la jerarquía en ese gran crimen histórico que fue la conquista y el despojo de sus tierras a los pueblos originarios, además de haberlos puesto a trabajar en ellas para el beneficio de los opresores.

Hombre prudente y amante de la verdad, como ha demostrado ser, equilibra mencionando también las heroicas virtudes de tantos ejemplares misioneros: “Junto a este pedido de perdón, y para ser justos, también quiero que recordemos a millares de sacerdotes y obispos que se opusieron fuertemente a la lógica de la espada con la fuerza de la cruz”.

Hemos de suponer que Francisco estaba pensando en figuras heroicas como Fray Bartolomé de las Casas, Tata Vasco de Quiroga, Fray Juan de San Miguel, o Pedro Lorenzo de la Nada, el fraile rebelde fundador de la parroquia de Palenque entre los choles.

Dijo el Papa: “No me quiero olvidar de las monjitas que anónimamente van a los barrios pobres llevando un mensaje de paz y dignidad, que en su paso por esta vida dejaron conmovedoras obras de promoción humana y de amor, muchas veces junto a los pueblos indígenas o acompañando a los propios movimientos populares incluso hasta el martirio”.

De verdad es revolucionario también que en una institución jerárquica tan notoriamente misógina (desde Pablo de Tarso), el máximo pontífice haga un reconocimiento tan elogioso de las miles de mujeres heroicas que dedican su vida a servir silenciosamente a los demás y de manera especial a los más desfavorecidos, como él mismo lo dice.

Pero lo que causa mayor admiración es la manera frontal en que aborda la terrible perversión social del imperialismo y del neoliberalismo, que además de las terribles injusticias y crímenes contra los seres humanos, está destruyendo la casa de todos, que es el planeta: la Madre Tierra.

Dice: “Las cosas no andan bien en un mundo donde hay tantos campesinos sin tierra, tantas familias sin techo, tantos trabajadores sin derechos, tantas personas heridas en su dignidad”. No se queda en la descripción. Va al fondo del tema: “Digámoslo sin miedo: necesitamos y queremos un cambio. Hay un hilo invisible que une cada una de esas exclusiones. Porque no se trata de cuestiones aisladas. Estas realidades destructoras responden a un sistema que se ha hecho global. Este sistema ha impuesto la lógica de las ganancias a cualquier costo sin pensar en la exclusión social o la destrucción de la naturaleza”.

Y llega a la conclusión: “Este sistema ya no se aguanta, no lo aguantan los campesinos, no lo aguantan los trabajadores, no lo aguantan las comunidades, no lo aguantan los pueblos. Y tampoco lo aguanta la Tierra, la hermana Madre Tierra, como decía San Francisco”.

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