Religión y civismo

En un hermoso pueblo mágico de Jalisco se han reunido, como lo hacen periódicamente, miembros activos de la religión mayoritaria en el Estado de Jalisco. Traen una fuerte preocupación moral: Su actuación como ciudadanos mexicanos. Deben emitir cada tres años (al menos) una decisión de enorme importancia para su vida personal, para las de sus hijos y nietos y para toda la comunidad nacional. Y están desinformados, como Alfonso Cuarón.

Además queda claro que su desinformación viene precisamente inducida por la propia autoridad, que dice teóricamente que ellos, los ciudadanos, son los soberanos, pero que toma decisiones graves inconsultas y después, después, difunde campañas publicitarias costosas y machaconas sobre las supuestas ventajas de sus grandes reformas estructurales; pero no debate ni escucha.

También tienen muy claro que en la televisión abierta, el duopolio, no van a recibir información clara y confiable ni debate real sobre los más importantes temas nacionales, como los que ahora se están decidiendo de manera precipitada y de espaldas al pueblo, es decir: a la soberanía. Con mayorías parlamentarias fabricadas sin contar con las mayorías gobernadas.

No sólo eso, porque es la autoridad (la mandataria) la que obstruye como puede la consulta a la ciudadanía mandante (en teoría). Se preguntan dónde está la lógica de negarse a consultar al que manda, o sea al pueblo ciudadano.

No es tan fácil establecer la barrera clara entre religión y civismo; o sea entre religión y política.

“Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, citó al inicio de la República de 1824 el sacerdote y doctor José María Luis Mora, ante la perversión de que la iglesia como institución formara parte del gobierno, y éste pretendiera decidir sobre la jerarquía eclesiástica (como en el régimen colonial).

Pero ocurre que cada hombre o mujer creyente mayor de edad es ciudadano de esta república y tiene no sólo el derecho republicano, sino también la obligación moral grave de emitir, a solas, detrás de la cortinita y delante de su conciencia, su decisión personal, republicana, ciudadana, soberana, informada, en secreto, sin presiones, sin coacciones ni compra de voluntades.

El creyente que vende su voto y lo compromete, como Esaú, por un plato de lentejas, no sólo es un  ciudadano traidor a su derecho y a su compromiso republicano; es además un creyente que violenta su fe y su moral. La jerarquía debe hacer saber a sus fieles que vender su voto soberano es una falta moral grave.

Toda religión tiene tres componentes básicos: dogma, moral y culto. El dogma es el cuerpo de creencias, el credo, que cada quien conserva, de manera siempre respetable. El culto es algo profundamente arraigado en la cultura popular mexicana tan inclinada a las ceremonias y los ritos: ahora hasta a los niños que concluyen preprimaria los quieren vestir de toga y birrete.

Pero es la moral, que en la vida laica llamamos ética, lo que verdaderamente está en juego en la vida colectiva, para esforzarse por el bien de todos.  Se cita en términos religiosos: “Buscad primero el reino de Dios y su justicia”.

En efecto es la justicia colectiva, la justicia social, la que está en juego primordialmente cuando estos mexicanos (estadísticamente la gran mayoría) tienen que tomar conciencia la gran decisión ciudadana solitaria: el voto informado; y para ello, la obligación moral de informarse sobre la marcha de los asuntos trascendentes de la República.

Quizá por eso estos líderes están conscientes de que el gran Reino de la Justicia no puede hipócritamente reducirse a temas parciales como la homosexualidad o como el aborto en una sociedad donde quedan excluidos la mitad de los mexicanos, con una mortalidad infantil vergonzosa en términos internacionales, de niños nacidos y queridos.

Estos activistas religiosos han decidido informarse sobre los grandes temas nacionales (casualmente los afectados por las reformas estructurales disparadas como ametralladora por quienes se dicen nombrados por el pueblo soberano y se autonombran constituyentes mediante formalidades legales inconsultas): laboral, educativa, energética, fiscal.

Quizá por eso están invitando a quienes ellos consideran que son conocedores de estos temas centrales para la vida en común. Informarse también es una obligación moral seria del ciudadano creyente.

Ya veremos qué le contestan los conductores de la República al ciudadano Alfonso Cuarón, que como cualquier ciudadano responsable, tiene derecho a preguntar lo que el gobierno ha decidido sin informar antes a los soberanos.

 

www.estebangaraiz.org