Petrobras: el espejo

La corrupción es privatización de lo público (o institucional). Si en lo económico lo más grave que tenemos es la mísera remuneración al esfuerzo humano del 99 por ciento de los mexicanos, en política el mal que corroe y pudre todas, todas nuestras instituciones es la corrupción, o sea la privatización de lo que es de todos.

No sobra decir que estas dos maldiciones se retroalimentan mutuamente. Lo más opuesto esencialmente a los valores republicanos: justicia, libertad, igualdad, fraternidad.

En Brasil sonó finalmente el campanazo del escándalo largamente diferido. Brasil, como uno de los países de América conquistados y colonizados por las dos potencias ibéricas, arrastra también, como nosotros, las grandes distorsiones sociales heredadas del régimen colonial. Con la historia propia de cada comunidad nacional, sigue conservando esas deformaciones congénitas, que van a requerir mucho talento  y mucha voluntad política para superarlas.

Brasil también tuvo su imperio vinculado a los intereses peninsulares. Imperio esclavista. Tuvo avatares republicanos muy parecidos a los mexicanos. Igualmente vinculados a la lucha entre las viejas y nuevas oligarquías por un lado y las fuerzas populares por otro. Su mayor distancia del imperio norteamericano le ha permitido, como a otros suramericanos, formar parte de esta coyuntura libertaria y antiimperialista y, tener así muy importantes avances en salud, escolaridad, salario, nutrición, reducción de la miseria.

Brasil, como México, sigue conservando índices vergonzosos de desigualdad, que es la inercia de 200 años desde las estructuras forjadas por la colonia, tan difíciles de superar por la vía de la escolaridad universal, la remuneración al trabajo y la seguridad social.

Por todo esto, el escándalo que ha estallado en Petrobras, es necesariamente un punto de referencia inevitable para nosotros.

El combate a la corrupción (dondequiera) requiere, como la transparencia, de dos elementos indispensables ambos: un equipo técnico capaz y con sentido de servicio público; y también voluntad política firme. De poco, o nada, sirve formar comisiones, secretarías, instancias “autónomas” o cualquier otra burocracia holgadamente pagada, si falta de arranque la genuina voluntad política.

Desde luego resulta incongruente en su misma raíz que el titular del Ejecutivo federal, que textualmente “se deposita en un solo individuo”, designe a un subalterno para una función que  requiere superioridad jerárquica sobre el juzgado.

Peor aún resultaría si la nueva instancia reavivada para combatir la corrupción llevara como primer encargo ejecutivo una revancha política: “castigar” una supuesta corrupción en la Línea 12, atropelladamente atribuida al igualmente supuesto autor de filtrar información (que ha resultado veraz) sobre otra corrupción en el nivel del Ejecutivo federal.

Desafuerito, de nueva cuenta. Talión, no Constitución; y “precaución” electoral.

La experiencia de más de 30 años nos muestra de manera indudable que el esquema público-privado en la administración pública resulta mucho más propicio a la corrupción; o sea: a la privatización de lo público.

Fernando Henrique Cardoso, presidente de la República Federativa de Brasil de 1994 a 2002, tomó la determinación de “modernizar” Petrobras, la petrolera nacional brasileña y la abrió parcialmente a la inversión privada y la incorporó a la bolsa de valores.

Ahora, María Foster, la reconocida presidenta de Petrobras y cinco directores han debido presentar su renuncia. La empresa más grande del país y una de las mayores petroleras del mundo, pionera de las perforaciones en aguas profundas, envuelta en un escándalo de corrupción de proporciones internacionales.

Las acusaciones por todo un esquema de sobornos involucra, por ahora, a 86 personas entre ejecutivos de empresas constructoras y, del otro lado, altos funcionarios de la empresa paraestatal-privada, con acciones mayoritarias del Estado (gracias a una recompra masiva hecha por Luis Inázio Lula da Silva).

Las autoridades investigan a 230 empresas involucradas. (Para que haya corrupción se requiere un corruptor y un corrupto). La ingeniera Foster no ha sido hasta ahora involucrada en la red de corrupción. Tres ex directores de Petrobras, en cambio, resultan implicados.

Según el analista Carlos Pereira, “este escándalo es un desastre para Brasil. La empresa que era un símbolo nacional está hoy frente a una situación triste. Como María Foster, que ha visto su prestigiada carrera destruirse. La compañía cayó víctima de un grupo criminal de políticos”.

Parece que en Brasil no habrá impunidad.

 

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