El PRI, XXI Asamblea: decir y hacer

En enero de 1976, el que esto escribe le dijo al entonces candidato presidencial José López Portillo, durante su visita a la sede nacional de la CNOP: “Son precisamente los sectores medios urbanos los que cuestionan los procedimientos del Gobierno y del Partido. Las clases medias urbanas aceptan en su mayoría de muy buen grado los principios doctrinarios de nuestro Partido; pero repudian de manera vehemente muchos de los métodos tradicionalmente utilizados. Negarlo o pasarlo por alto sería proceder con una suicida actitud de avestruz. Basta acudir a una reunión de jóvenes, a los corredores universitarios o al teatro frívolo y oír los chistes callejeros, para ver cuánta frustración y cuánto repudio encierran”.

Continuaba la presentación del vocero de la CNOP: “Para algunos compañeros nuestros, hablar de esto significa deslealtad al Partido. Para nosotros, no mencionarlo representaría una traición al pueblo de México, a nuestro Sector, al Partido en el que militamos apasionadamente, y a nuestra propia conciencia”.

El candidato López Portillo, sorprendido, contestó: “Hemos escuchado aquí algo tan importante que nos permite concluir que la crítica de la Revolución la estamos haciendo también dentro de la Revolución; que la crítica del Partido la estamos haciendo dentro del Partido”.

Cuando 12 años después, en 1988 Carlos Salinas de Gortari tomó la decisión autoritaria de cerrar el Instituto de Capacitación Política del Comité Ejecutivo Nacional del PRI, donde se enseñaba a los jóvenes cuadros que las “4 grandes columnas” del proyecto nacional eran: el artículo tercero, el 27, el 123 y el 130, que eran precisamente los que él pretendía demoler, la situación se hizo éticamente insostenible. Fue necesario bajarse del camión que abandonaba su destino y torcía a la derecha.

Los métodos del PRI siguen siendo los mismos de 1976, actualizados y más descarnados. Los principios rectores son los que han sido abandonados.

Ahora que algunos analistas políticos y periodistas mencionan a la ligera el caso de políticos chapulines que cambian de partido, deberían quizá reflexionar, según caso, si fue el militante el que abandonó el partido, o si habría que concluir que el partido abandonó a sus militantes. En la historia de los últimos años seguramente encontrarían algunos ejemplos.

Inevitablemente viene a la memoria la tesis central del librito de Robert Michels Los partidos políticos 2 (Amorrortu editores 1969), que sostiene que estos proyectos políticos tienden con el tiempo a deteriorarse, con dirigencias oligárquicas y acaban podridos.

Había curiosidad morbosa por conocer y verificar lo que quedó de aquellos documentos básicos (declaración de principios, programa de acción y estatutos) del PRI a raíz de la XXI Asamblea Nacional, aprobados en la sesión del 8 de mayo de 2013. Porque declaradamente serían modificados para poder, en congruencia, proceder en el Congreso de la Unión a desmantelar la Expropiación Petrolera.

Gran sorpresa. Salvo deslices neoliberales de ocasión, habría podido ser recibida con entusiasmo por aquellos alumnos, y maestros, del ICAP de 1988. Por eso el desconcierto entre el decir y el hacer.

¿Cómo puede sostener un partido, por ejemplo, que “nuestro origen surge de los grandes valores sociales de la Revolución Mexicana”, y que esos valores “definieron a la Constitución de 1917 como fuentes de nuestro nacionalismo”, si desde 1989, juntitos como hermanitos con el PAN y menudencias, han destrozado la Constitución con más de 15 daños estructurales, siempre en contra de las grandes mayorías nacionales?

¿Con qué cara pueden afirmar que “los valores de nuestro origen son irrenunciables porque siguen siendo aspiraciones de millones de mexicanos en un país todavía escindido por la modernidad y el atraso”? Esa escisión es cada día más severa y se ha agravado en los últimos tres decenios, por el PRI y por el PAN-PRI (y ahora quiere el Verde, la empresa PRI-vada).

Pareciera que están empeñados en volver a los tiempos de 1893, cuando el ministro porfiriano Justo Sierra les dijo a los congresistas que “cuatro quintas partes” de los mexicanos eran parias sin derechos. Están empeñados, con las políticas priistas-panistas, en volver a la República del 20 por ciento.

Desde 1980 el porcentaje de marginados crece, en vez de seguir reduciéndose como en los 60 años previos, mediante escolaridad, liberación agraria, salud y seguridad social, empleo remunerado, rectoría económica del Estado. Hoy INEGI nos confirma oficialmente que tenemos una República del 48 por ciento a casi 100 años de 1917.

Quieren seguir con las mismas recetas, y ahondarlas, para que la Nación se recobre y “cambie de rumbo”. El rumbo ya lo cambiaron, según presiones del Consenso de Washington, no según las “4 columnas” del proyecto nacional. El otro 52 por ciento hasta desperdiciado lo tienen como mercado interno.

 

www.estebangaraiz.org