Neonazis, ¿sabrán lo que dicen?

Resulta verdaderamente casi imposible de creer que en un país como el nuestro, con un proceso de mestizaje inconcluso donde ni el indígena más remontado puede asegurar que no tiene sangre española, ni el gallego recién desembarcado puede decir que no tiene ni una gota de indígena americano, ahora se nos haga saber que por estas tierras se ha constituido un gran grupo nazi.

Desde luego habrá que confirmar si la noticia es fehaciente. Pero, de serlo, habrá que tomarlo con la seriedad que merece, por más que pueda parecer un asunto de pose, de inmadurez o de simple “moda juvenil e irreflexiva”, lleno de confusión ideológica.

Adolf Hitler fue cumpliendo paso a paso lo que había escrito en Mein Kampf. Su delirio de grandeza, seguido por muchos alemanes, y su concepción de la raza superior, no sólo condujo al mundo entero a una guerra como nunca antes, que llevó muerte y desolación a grandes regiones del planeta con millones de muertos, incluida la devastación de su propia nación. Sólo la Unión  Soviética sufrió 20 millones de muertes humanas.

Deliberada y sistemáticamente organizó el exterminio de millones de seres inocentes, no sólo judíos sino de colectivos humanos que incluían irónicamente a los verdaderos arios, o sea los gitanos, que son la última oleada de indo–iranios llegados a Europa hace apenas 6 siglos. 

Por diversos medios se hace pública la reciente formación de un grupo de jóvenes varones, presuntamente adherentes del PAN, que se hacen llamar Movimiento Nacionalista Mexicano del Trabajo.

Su aparición ha orillado al urgente y oportuno deslinde de los cuadros constituidos del partido, aclarando que “PAN Jalisco rechaza categóricamente cualquier grupo o expresión que atente contra la dignidad humana”; y que ese tipo de ideologías resultan incompatibles con su partido.

Según la información disponible, y con las reservas del caso, los integrantes de este grupo tienen como objeto “proteger a las familias tradicionales, a la religión católica–cristiana, a los micro, pequeños y medianos empresarios y reescribir la historia por medio del revisionismo”. Profesan “el nacionalhumanismo” y se manifiestan contrarios al “capitalismo en manos sionistas” y contra “la democracia, que es una arma para intereses de unas cuantas personas”.

Este mazacote confuso de expresiones aceptables o reprobables hace pensar en unas mentes igualmente confusas, cuya tendencia general se inclina hacia una  ideología de extrema derecha. Pero lo sorprendente, y alarmante, es que a través de las redes se convoque a celebrar el 125 aniversario del natalicio de Adolf Hitler, citando al propio dictador, al que se atribuye haber dicho: “Yo sólo puse en práctica la política que la iglesia católica tuvo hacia los judíos durante siglos”.

Si yuxtaponemos la referencia del “capitalismo en manos sionistas” con la cita mencionada, se puede entrever una judeofobia nada compatible con la ideología humanista y expresamente laica de los fundadores Manuel Gómez Morín y Efraín González Luna.

Aunque hoy haya, naturalmente, quienes consideren a este grupo como una manifestación patológica surgida espontáneamente del panismo real posterior a la crisis de 1976 y sobre todo al de los últimos años de 1989 a la fecha: el que “no quiere hacerle el caldo gordo al ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas”; y de cuyo seno surgió El Yunque.

El apelar, hasta en su nombre propio, al nacionalismo mexicano resulta sorprendente cuando no contradictorio. Si algo distingue al nacionalismo mexicano es precisamente el ser solidario con todos los nacionalismos de todos los pueblos del mundo; y, por eso mismo, es contrario al imperialismo globalizador que se apropia de los recursos naturales de otros.

Dice nuestro artículo Tercero que el criterio que orientará la educación en México “será nacional, en cuanto – sin hostilidades ni exclusivismos – atenderá a la compresión de nuestros problemas, el aprovechamiento de nuestros recursos, a la defensa de nuestra independencia política, al aseguramiento de  nuestra independencia económica y a la continuidad y acrecentamiento de nuestra cultura”.

Ese es nuestro nacionalismo: integrador, solidario con todos, antiimperialista. No parece muy compatible con homenajes tardíos y revisionistas a Maximiliano y a sus dos generales colaboracionistas en el Cerro de las Campanas de Querétaro.

Llamarse Movimiento del Trabajo significa un serio, enorme compromiso en una sociedad y con una serie de gobiernos de dos partidos políticos que al alimón han hundido la masa salarial en los últimos 35 años y mantienen una Comisión Nacional de Salarios Mínimos, formalmente tripartita, donde la parte gubernamental y la patronal, juntas, reconocen a la “representación laboral” la moderación en sus aspiraciones de recuperación del desfondado poder adquisitivo del sueldo.

Es de preguntarse si su nacionalismo incluye el bicentenario sueño de Morelos: que “de tal suerte  se aumente el jornal del pobre, que mejore sus  costumbres, alejando la ignorancia, la rapiña y el hurto”.

 

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