Hace 40 años: Estados Unidos y su política nacional energética

Para quienes creen y repiten ingenuamente que la mejor manera de lograr el bienestar general y mayoritario es el libre juego de mercado con la mínima intervención del Estado (como se repite seguido en un programa radial de una emisora metropolitana) puede resultar ilustrativo releer una carta del presidente Jimmy Carter al gobernador de Texas, Dolph Briscoe, hace 40 años.

Le dice Carter al gobernador: “La formulación de una política nacional de energía, implementada por una estructura gubernamental responsable, tendrá prioridad en la administración Carter. Si queremos alcanzar nuestras metas de empleo total y de una economía creciente y vigorosa, debemos reducir nuestra peligrosa dependencia de petróleo extranjero y desarrollar nuestras propias fuentes de energía; de una manera ecológicamente aceptable”.

La carta, con clara definición por la rectoría económica del Estado, y específicamente en materia del carácter estratégico de las fuentes de energía, está fechada el 19 de octubre de 1976. Detallaba el presidente: “Una política energética sana debe promover agresivamente la conservación de nuestros escasos recursos de petróleo y gas”.

Un año después, el petrolero tejano Horace G. Spiller fue entrevistado por Roberto Vizcaíno de la revista Proceso en Austin, la capital del estado de Texas. Para entonces estaba prácticamente concluida la construcción del gasoducto desde el sureste mexicano hacia la frontera norte con Mc Allen, y se planeaba el oleoducto.

Para entonces también, Jorge Díaz Serrano había llenado las reservas petroleras de Estados Unidos, además del tope de exportación establecido por la Secretaría que era su “cabeza de sector”. Eso abatió los precios internacionales y enfureció a los directivos de la Organización de Países Exportadores de Petróleo, OPEP, que lo tildaron de “esquirol”.

Spiller le comentó a Vizcaíno de sus conversaciones con funcionarios de aquí para la explotación directa conjunta del petróleo mexicano, dividiendo las ganancias.

Por cierto, fue el año en que la señora Marlise Simmons, corresponsal del The Washington Post entregó a Julio Scherer García el premio que le concedió Atlas World Press Review como “Periodista del año“1977. Curiosamente la placa incluía un interesante bemol; decía: “Excelsior Proceso”.

Una voz de respeto sonaba discordante en la euforia petrolera mexicana rayando en la borrachera. Una voz técnicamente autorizada y de un patriota reconocido: el ingeniero Heberto Castillo.

Decía: “Cuando compareció ante la Cámara de Diputados, el director de Pemex dijo que el ducto se construiría de Cactus a Monterrey – ya no a Texas – con el objeto de abastecer a la costa del Golfo – que ya lo tiene – y al norte de la República – donde más hay -. Como estaba ya convenido, ningún diputado advirtió que Nuevo León es un estado con gran riqueza geotérmica y que se debería aprovechar ese recurso para operar las industrias regiomontanas. Tampoco hubo quien hiciera ver la inconveniencia económica de tender un ducto tan costoso para entregar gas a un precio muy por debajo de su costo de producción”.

Concluía el ingeniero Heberto Castillo. “Todo indica que la venta del petróleo y gas conviene sólo a EUA y que el gobierno mexicano vende esos productos bajo presión para obtener nuevos créditos externos. Así vamos del bache al precipicio. ¿Podría el gobierno explicar la situación?”.

Han pasado 40 años. Seguimos acabándonos el patrimonio de nuestros hijos, con tal de no cobrar impuestos progresivos a los grandes grandes, que no son contribuyentes; que acumulan fabulosas ganancias, muchas de las cuales vuelan a paraísos fiscales, como ha quedado ampliamente documentado; y no contribuyen.

No puede ser aceptable que un país con una amplia estructura productiva, que se cuenta entre las 15 economías más importantes del mundo, tenga una recaudación fiscal sobre su base productiva de mercado, que no rebasa el 12 por ciento del producto nacional; o sea: ni la tercera parte de lo que recaudan en promedio los países de la OCDE, a la que México pertenece.

Menos aceptable es que el presupuesto del Gobierno Federal, que tantos despilfarros tiene, se haya sostenido durante 40 años con un 40 por ciento de sus ingresos que proviene de acabarnos el patrimonio natural de nuestros hijos y nietos; en vez de transformarlo para sustentar nuestro desarrollo industrial, nuestra seguridad alimentaria y nuestra movilidad.

Ridículo es que el doctor Videgaray llore ahora, atribuyendo la hecatombe presupuestal a “factores externos”, cuando tenemos 40 años contribuyendo a  “la seguridad energética de América del Norte”; ahora después de haber tachado de nuestra constitución el carácter estratégico de nuestro patrimonio energético.

P.D. Crece el cochinero.

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