Guadalajara: metrópoli aguantadora o resiliente

Cuando en el glorioso barrio de Analco dicen que alguien es muy aguantador, están pensando lo mismo que cuando en la Fundación Rockefeller hablan pomposamente de su flamante programa 100 Resilient Cities.

La palabra “resiliens” en latín no tiene, hoy por hoy, traducción directa en el Diccionario de la Lengua Española. Es bastante divertido cómo en los últimos años nos están llegando a nuestro vocabulario palabras de nuevo uso tomadas del latín, idioma padre del castellano, pero que nos llegan por mal traducción del inglés norteamericano, que no es un idioma de origen latino.

Pero aquí todos sabemos lo que significa ser aguantador. El mejor ejemplo es el de nuestros pueblos originarios que todavía resisten y sobreviven asombrosamente después de 500 años de conquista violenta y arrebato de sus tierras, servidumbre, orillamiento a los rincones menos fértiles de la geografía nacional y de toda clase de agravios. Los romanos sí habrían dicho en latín que nuestros pueblos indígenas son resilientes. Nosotros mestizos en español admiramos su aguante: son aguantadores.

En realidad, la Nación entera está resultando asombrosamente “resiliente”, empezando por 62.8 millones en pobreza alimentaria; o sea: muertos de hambre. Es incierto cuándo volverá a reventar.

Pero ahora la Fundación Rockefeller nos va a enseñar también a los metropolitanos de Guadalajara a ser “resilientes”, o sea: de aguante. Con la pequeña diferencia de que van a aportar lanita, es decir: dólares. Nos van a enseñar; o quizá van a reconocer nuestro aguante; y puede que también nos digan cómo aguantar más.

Al parecer, según la nota informativa, un millón de dólares se destinaría para la contratación de un director de “resiliencia”. No aparece publicado quién designará a ese director y a quién rendirá cuentas de su desempeño. El propósito quizá sea no tan filantrópico; no todas las fundaciones lo tienen.

Ahora estamos  en la moda de los proyectos público–privados donde no siempre queda claro si el propósito perseguido es el central de la empresa privada, o sea: invertir para obtener utilidades; o la intención es el bienestar público, es decir el llamado bien común.

El ejemplo más reciente en las grandes avenidas de esta metrópoli resiliente es el de los carteles de color verde oficial de la movilidad urbana y carretera (o el más cercano en la escala de colores), que son en realidad anuncios comerciales privados camuflados, o sea: negocio de alguien;  privado con decisión pública.  

Cada día está menos clara y más ambigua la raya que separa la utilidad privada del bienestar colectivo. A partir del mito de que la eficacia sólo está en la actividad privada, confundiendo emprendedor con empresario; y empresario con capitalista.

Qué bueno que el señor Michael Berkowitz, presidente del programa 100RC de la Fundación Rockefeller, con sede en Washington D.C. se refirió recientemente a la metrópoli jalisciense como una ciudad “audaz e innovadora”. Es de suponerse que Berkowitz tiene claro que esa cualidad de nuestra capital se orienta a instrumentar su aguante: su “resiliencia”. (Oradores: apréndanse la palabrita).

Según la nota, el señor Berkowitz tiene muy claro lo que espera de Guadalajara. Dijo: “Estamos seguros de que no sólo aprenderán mucho de nuestra red, sino que también podrán contribuir en gran medida  a la generación de resiliencia en ciudades de todo el mundo”.

Aunque no se menciona expresamente, en el fondo de la decisión de incorporar a Guadalajara al programa de las 100 Ciudades, a partir de la gestión hecha por el gobierno municipal en 2013, debe haber contado la experiencia traumática que sufrió la ciudad con la explosión de 1992 y de su proceso de recuperación física y social.

Toda proporción guardada, con cierto paralelismo con lo ocurrido en la capital federal con el terremoto de 1985; y de su propio proceso de restauración.

En el barrio de Analco, al otro lado del río San Juan, hoy se vive un movimiento discreto y creciente de restauración del tejido social y de la convivencia barrial, centrado en la Capellanía de San Sebastián de Analco y su hermoso parque.

La fundación Rockefeller está asentada en Washington, D.C., capital de los Estados Unidos de América. Ahí cerca está también asentado el Pentágono, desde el cual se lleva seguimiento de más de 100 bases militares estadounidenses, terrestres, aéreas y navales, enclavadas en el territorio de más de 60 países soberanos de todo el planeta. Incluida, por supuesto, la base naval de Guantánamo en la isla de Cuba, desde 1898: antes y como condición de la independencia de la República de Cuba.

No debe causarnos risa que Rafael Correa, presidente de la República del Ecuador, haya propuesto establecer una base militar ecuatoriana en Miami. 

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