F.D. Roosevelt y el mercado

En el año de 1932 la economía de los Estados Unidos de América estaba absolutamente colapsada por los abusos y sesgos de los grandes financieros que manipularon perversamente el mercado libre.

Un hombre con secuelas de parálisis infantil llegó a la presidencia de la Federación postulado por el Partido Demócrata, y se propuso el rescate del país de la Gran Depresión en la que lo habían hundido las políticas públicas de las administraciones del Partido Republicano, especialmente la del empecinado presidente Herbert Clark Hoover.

Narra William Manchester en su libro Gloria y ensueño (Grijalbo, 1976): “Desde el mes de mayo, unos 25 mil indigentes veteranos de la Gran Guerra se habían instalado con sus mujeres e hijos en los parques y descampados del Distrito Federal y ocupado casuchas, almacenes y tiendas abandonadas. Los hombres hacían instrucción, entonaban canciones militares, desfilaron por la Avenida Pensilvania agitando deslucidas banderas, bajo la escrutadora mirada de 100 mil silenciosos moradores de la capital. Pero la mayor parte del tiempo permanecían cruzados de brazos, sumidos en sus cavilaciones”.

Fueron reprimidos por Hoover en los últimos días de su desastroso gobierno. Franklin Delano Roosevelt, como nuevo presidente, hizo a un lado los dogmas de la economía liberal, y procedió de inmediato a aplicar la rectoría económica del Estado a través de su New Deal, generando por todo el país empleo directo en pequeñas o grandes obras públicas, que pusieron a todo el mundo a trabajar, levantar el ánimo nacional y recuperar la prosperidad económica y el entusiasmo. Ha sido el único presidente electo para cuatro periodos.

Por cierto, que parte integrante del New Deal fue la llamada Política del Buen Vecino, que permitió que se viera con buenos ojos la Expropiación Petrolera en México en 1938. También acabó la Prohibición y las ráfagas en Chicago.

En Cádiz, casi 80 años después de aquel inicio de la recuperación nacional de los Estados Unidos, el 16 de noviembre de 2012, en la XXII Cumbre Iberoamericana, y con ocasión del Bicentenario de la Constitución de Cádiz, Rafael Correa, presidente de Ecuador, pronunció un lúcido discurso sobre el tema del mercado, replicando las recurrentes tesis neoliberales, que han hundido la economía de la mayor parte de los países del mundo (salvo los de rectoría económica, como China bajo la férrea conducción del Partido Comunista) en los últimos 35 años. Dijo el economista, doctorado en Harvard, Rafael Correa: “El mercado es un gran siervo, pero un pésimo amo”.

Detalló: “Los mercados son una realidad económica. Uno de los grandes errores de la izquierda tradicional fue negar los mercados, lo cual es un fenómeno objetivo: existen. Pero una cosa son sociedades con mercado, controlando, manejando a los mercados para que rindan los frutos socialmente deseables; y otra cosa son sociedades de mercado, donde educación, salud, vida, personas, la propia sociedad se convierte en una mercancía más.”

No deja de ser interesante y llamativo que en la campaña electoral por el estado de Guerrero a favor de Pablo Amílcar Sandoval, candidato a gobernador, el líder del Partido Movimiento de Regeneración Nacional, MORENA, haya hecho públicos 25 compromisos para el pueblo de Guerrero, entre los que destaca “garantizar el empleo con un plan similar al de Franklin Delano Roosevelt en Estados Unidos después de la crisis de 1929, que ofrezca trabajos en obras y servicios públicos”.

No es la primera vez que Andrés Manuel López Obrador manifiesta (y pone en práctica) su admiración por la personalidad y por las políticas públicas aplicadas por Roosevelt.

En la página 59 de su libro La Gran Tentación; El petróleo de México (Grijalbo 2008) dice: “Cuando Roosevelt llegó a la presidencia, el 4 de marzo de 1933 Estados Unidos padecía una de las peores crisis que ha tenido. Los preceptos básicos de su política fueron, entre otros: construir obras públicas para reanimar el empleo; subsidiar los precios agrícolas para frenar la ruina de los granjeros; unificar y desarrollar las políticas asistenciales para reducir la pobreza; controlar los servicios y los transportes públicos para moderar sus precios; someter las instituciones financieras a un riguroso control público y reglamentar las relaciones entre capital y trabajo, para estimular la producción industrial y mejorar, al mismo tiempo, las condiciones de vida de los trabajadores. Con este programa o Nuevo Pacto (New Deal), Roosevelt frenó los efectos más nocivos de la crisis y, más que nada generó la esperanza en su pueblo para las transformaciones futuras”.

La oligarquía pretende olvidar la experiencia del New Deal; pero el pueblo de Estados Unidos lo recuerda con veneración.

No estaría de más que el doctor Videgaray leyera el ilustrativo libro The Glory and the Dream del citado William Manchester.

P.D. De la desastrosa relación México-China habrá que hablar en otra ocasión.

 

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