Desabasto de gasolina: no es casualidad

Nada, absolutamente nada ocurre sin un pasado” dice Robert Fisk, seguramente el periodista occidental que conoce más a profundidad el mundo islámico y la región del llamado Oriente Medio, que es la cuna de la civilización actual del planeta.

Ahora resulta que en México tenemos preocupantes desabastos de combustible, principalmente gasolinas; tenemos severas fugas en los ductos cuya responsabilidad corresponde al Ejército Mexicano (ahora desviado a otras tareas por  la incompetencia y miopía del poder civil) y también sorpresivamente estamos importando petróleo en crudo.

Agárrense bien a la silla los amables lectores, ahora que los precios internacionales del crudo se han derrumbado, pero no los precios de la gasolina vendida a los mexicanos (que todo lo encarece) después de consumar la gloriosa y patriótica “reforma energética”,  en día guadalupano, con la genial consideración de que hay que acabar con el monopolio que impone el precio en el mercado.

Por supuesto que un negocio en el que el costo de producción por unidad ronda los 7 dólares y se vende a más de 37 dólares, sigue siendo altamente redituable, sobre todo si cada día se extrae más de dos millones 300 mil barriles. El problema no está ahí, sino en las cuentas alegres de Videgaray y en el criminal despilfarro.

 El problema, y grave, está en amarrar las cuentas nacionales a un producto acabable y convertido en materia de exportación y con precios no controlados por la soberanía nacional; y de una volatilidad tal que baje repentinamente a menos de la mitad: durante los años 2011, 2012 y 2013 promedió un precio por barril ligeramente superior a los 100 dólares y ahora derrumbado a menos de 40.

Por motivos políticos (o por mejor decir: geopolíticos) propios del gran poder internacional, o sea ajenos a nuestra soberanía, y en circunstancias en que la maquinaria de extracción no está en posibilidad práctica de detenerse, el 35 por ciento de lo alegremente pre – supuesto en el Presupuesto federal se reduce a menos de la mitad por la irresponsable actuación del Ejecutivo y del Legislativo.

 Las coberturas son un remedio caro y de una eficacia muy limitada.

 Es verdaderamente una farsa irritante que ahora quieran desembarazarse de su responsabilidad culpable argumentando “causas externas” a la decisión federal, cuando han sido ellos, quienes detentan el poder público nacional, los que tomaron la decisión de uncirse como yunta de bueyes, a definiciones extranacionales para “garantizar la seguridad energética de América del Norte”, exportando el crudo que se requiere de manera racional y perentoria para el desarrollo económico propio.

Han desviado esencialmente el propósito central de la Expropiación Petrolera en 1938: que los recursos naturales energéticos del país, que son acabables, sirvieran para sustentar y ser base del desarrollo económico nacional autónomo, empezando por la movilidad, expresamente mencionada en el Manifiesto a la Nación.

 En él dice el presidente Lázaro Cárdenas con una clara conciencia de su carácter de mandatario de los mexicanos: “En tal virtud se ha expedido el decreto que corresponde y se han mandado ejecutar sus conclusiones, dando cuenta de este manifiesto al pueblo de mi país, de las razones que se han tenido para proceder así y demandar de la nación entera, el apoyo moral y material necesario para afrontar tal consecuencia de una determinación que no hubiéramos deseado ni buscado por nuestro propio criterio”.

Es ampliamente conocida la masiva y entusiasta respuesta popular a la decisión presidencial.

Cualquier precio internacional del crudo, decidido en otras instancias ajenas, resultaría (y resultaba) esencialmente irrelevante en el ámbito nacional, de ser el petróleo centralmente utilizado para el desarrollo interno de la movilidad, la petroquímica, los fertilizantes y la producción alimentaria de los mexicanos.

Desde 1979 no se ha vuelto a construir una nueva refinería en México, “porque no es negocio”, según ha declarado el director de Pemex Emilio Lozoya con su visión neoliberal de nuestro desarrollo. Importamos la mitad de la gasolina, del diesel y los petrolíferos que necesitamos.

Los ductos nacionales, cuya salvaguarda corresponde al Ejército, ahora desviado a otras funciones por el poder civil, sufren “ordeñas” incontroladas. Es irritante e inaceptable.

Necesitamos importar crudo ligero porque no tenemos las refinerías necesarias, para procesar nuestros crudos.

La teoría de la ventaja comparativa norteamericanizada, entregando decisiones que deberían ser nuestras y sólo nuestras. Nuestras finanzas nacionales derrumbadas sólo por no querer establecer un régimen fiscal auténticamente progresivo, cobrando más a quienes más acumulan: los cómplices del poder público. A eso le llaman modernidad.P.D Parece que los economistas del régimen no entienden que el motivo final de sus esfuerzos debe ser el bienestar de los mexicanos.

 

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