Democracia sin sustantivos

La democracia es producto social de segunda generación. Tiene que construirse sobre la base de la justicia. Por eso en México no hay auténtica democracia.

Claro: ya sabemos que aquí también opera la dialéctica. Gobiernos no democráticos responden a intereses particulares; no a los intereses generales de la población. Así que no serán justos ni mucho menos transparentes. Así se perpetúa el circulo vicioso injusticia social –antidemocracia. Sólo por una toma de conciencia masiva y por manifestación tumultuaria pacífica se puede revertir el proceso. Todavía caben más primaveras.

Porque parte esencial de la disparidad social y despojo hacia las mayorías es precisamente la desinformación. Que en México se ha vuelto algo muy desarrollado y profesionalizado.

La transparencia está actuando muy lentamente a favor de la democracia. INEGI lo publica y todo el mundo lo sabe: en México hay más de 52 millones de pobres, marginados, excluidos. Pero a casi nadie le sorprende ni le produce indignación. Es lo “normal”. También las estadísticas públicas nos informan que una altísima parte de ellos sufren malnutrición, pero son adictos a la televisión abierta, cuya función confesa es “no informar, sino entretener”.

Se sabe que hasta contablemente la antidemocracia es rentable. Que con 20 millones de votos se puede conseguir el control efectivo, y sin auténtica rendición de cuentas, de más de 24 millones de millones de pesos en 6 años. O sea que, aun contablemente, el voto de cada ciudadana o ciudadano vale más de un millón de pesos.

Aun así hay millones de electores en México, presuntos ciudadanos, que se han mostrado dispuestos a vender su voto por 250 pesos orillados por la desesperada necesidad inmediata; y encima se sienten en el compromiso moral de cumplir con el trato verbal. El plato de lentejas bíblico se cumple a cabalidad. Vender un voto soberano es vender su primogenitura: vender su libre albedrío para decidir.

En la “democracia” ateniense, que tanto ponderan los abogados de pensamiento decimonónico, había más ilotas que ciudadanos. Sólo decidían en el ágora los varones que además fueran dueños de medios de producción. Los ilotas, o sea los que contaban sólo con la fuerza de su trabajo (en el siglo XVIII se les llamó proletarios) y las mujeres acataban las decisiones colectivas del gobierno ateniense.

Todavía hoy, países del mundo –no todos– que  alardean de democracia, y que incluso juzgan y califican a otros, toman decisiones públicas a partir de los votos que pesan y no de los votos que  cuentan. Por ello, el dinero se vuelve determinante para alcanzar el poder público, y luego el poder se vuelve fuente central para obtener dinero en una dialéctica perversa. Los seres más corruptos que se conocen son los “empresarios” crecidos a la sombra del poder político. Sobra decir que a eso no se le puede llamar legítimamente democracia. Ni es ningún ejemplo a seguir.

En el caso mexicano, la democracia electoral, como superestructura política encima de todo un orden social (aunque se le quiera llamar con toda impropiedad una “democracia sin adjetivos”) ha venido sufriendo en los últimos 30 años una demolición de los cimientos sin los cuales no puede existir una auténtica democracia.

No bastará, en ningún caso, “contar los votos, todos los votos y sólo los votos”, si el proceso electoral ya viene pervertido de origen. No bastará con tener en México un servicio profesional electoral que cumpla con pulcritud su cometido, si ya la expresión de la voluntad ciudadana viene dañada desde las campañas e incluso desde el manejo torcido de los recursos públicos, que sirve para perpetuar la desigualdad no sólo en el bienestar de la población, sino en la misma capacidad de decisión de los electores.

La democracia, según sigue diciendo todavía el artículo tercero constitucional, debe ser considerada “no sólo como una estructura jurídica y un régimen político, sino como un sistema de vida fundado en el constante mejoramiento económico, social y cultural del pueblo”. Sobre esa democracia sustantiva, determina nuestro proyecto nacional que debe construirse la democracia electoral: el pulcro conteo de las expresiones individuales de la voluntad soberana del pueblo.

Después de la andanada irreflexiva y atropellada, además de entreguista, de las reformas estructurales (porque sí afectaron la estructura social de la nación, dejándola temblando): la “educativa”, laboral, fiscal, y sobre todo la energética, nos hemos quedado con una democracia sin sustantivos. Inútil la reforma política superestructural.

Mientras en México el poder público no respete la constitución y no haya un salario mínimo “suficiente para satisfacer las necesidades normales de un jefe de familia en el orden material, social y cultural”; mientras cada niña o niño no cuente con una escuela igualmente digna sin que quede a cargo de los padres de familia, México continuará con una democracia sin sustantivos. 

www.estebangaraiz.org