China: El ejemplo de la nación más pujante del mundo

China, la nación más grande del mundo, con una población de más de 1,300 millones de personas, sigue gobernada

por el Partido Comunista: no nos engañemos. Su impresionante crecimiento económico, nunca antes visto, continúa bajo la férrea rectoría del Estado.

Y lo más importante: como régimen socialista, todos los chinos tienen garantizada la educación cabalmente gratuita a todo nivel y la atención universal de la salud igualmente gratuita a cabalidad.

Como se puede ver, en estos puntos centrales para la vida de los seres humanos hay una enorme diferencia con el capitalismo, por ejemplo de los Estados Unidos de América, cuyas familias sufren la atención médica más cara del mundo.

Es importante esta aclaración porque los grandes medios de comunicación controlados por el gran capital han difundido implícitamente la idea de que es el capitalismo el motor de la pujanza china. Nada más falso.

No es lo mismo un Estado sometido a la lógica descontrolada del mercado (como el nuestro)  que un mercado conducido bajo la firme rectoría del Estado, como en China. Hay una abismal diferencia. Ya lo ha hecho notar Rafael Correa, presidente de Ecuador.

Hasta en Cuba después de años, el grupo directivo ha comprendido la eficacia del mercado en los niveles de base y bajo su rectoría y conducción, para prevenir y, en su caso, corregir sus distorsiones, que en algunas ocasiones puedan ocasionar grandes daños a la población.

Sabiamente, nuestro Texto Rector dice desde 1917: “La Nación tendrá en todo tiempo el derecho de imponer a la propiedad privada las modalidades que dicte el interés público”. Todos los mexicanos saben que para Enrique Peña Nieto y para Luis Videgaray y su grupo político, esta obligación del artículo 27 es papel mojado desde 1982. Los dirigentes chinos aplican este mismo principio rector con absoluto rigor.

Aquí en México es hoy al revés: es la gran propiedad privada, la directriz “global” la que impone a las acciones económicas nacionales las modalidades que dicta el interés trasnacional.

Por eso, y sólo por ejemplo, desde 1979 no se ha vuelto a construir ni una sola refinería y tenemos que importar la mitad de la gasolina y otros combustibles que diariamente necesita nuestra movilidad vehicular, dejándola totalmente vulnerable y supeditada a la “seguridad energética de América del Norte”.

Ese es el compromiso que sumisamente cumplieron Peña Nieto y la mayoría calificada de las dos cámaras del Congreso de la Unión, además de los congresos estatales; incluido el de Jalisco, responsable del verdadero vandalismo que estaban cometiendo dentro, mucho más grande del que atribuyeron a los manifestantes de fuera, que reclamaban patrióticamente la soberanía energética del nacional.

China, con base en las profundas transformaciones sociales logradas durante el periodo de Mao Tse-Tung, en cuenta: la escolaridad, la nutrición, la salud y el enorme desarrollo rural, emprendió desde 1978 con la llegada de Deng Xiaoping, la fase de la inversión privada masiva, siempre reservándose la propiedad estatal directa de las industrias básicas; y, por supuesto, la firme rectoría del Estado, (o sea: lo que en el México de 1970 se llamaba “la economía mixta” cuando crecimos al 6 por ciento durante 40 años).

A ello contribuyó la reincorporación a China de la colonia británica de Hong Kong, acordando para la nueva provincia, con gran perspicacia, el régimen económico de empresa privada, siempre bajo la puntual mirada del Estado. Eso le dio a China un eficaz catalizador para su vinculación al mercado internacional.

Con el precedente del Japón de 100 años antes, China inundó el mundo de mercancías baratas que, gracias a su tipo de cambio conveniente, generó para el presupuesto nacional chino fabulosos ahorros (una buena parte de los cuales están en bonos del Tesoro de los Estados Unidos).

Además resultó ser una muy eficaz fuente de empleo, del que los medios de comunicación occidentales han resaltado una baja remuneración sin tomar en cuenta que los trabajadores chinos cuentan, además de su mísero ingreso en efectivo, con la escolaridad y la atención a la salud universales y plenamente gratuitas (lo que ciertamente no ocurre en México).

China creció económicamente en el periodo de 2000 al 2011 inclusive, a un ritmo asombroso de más de 10.2 por ciento anual sobre su producto nacional. Ahora, con base en el Plan Quinquenal 2012-2017, ha reducido su crecimiento en estos últimos cuatro años a un ritmo promedio de 7.4 por ciento anual. (Qué brincos diéramos en México con esa reducción).

El gobierno chino, en vista de la crisis económica capitalista mundial que arrastramos desde 2008 y la reducción considerable de su demanda, ha decidido volcar su desarrollo hacia su mercado interno mejorando el consumo de su población. Tiene todavía en el nivel de pobreza a un 10 por cierto de su población.  

 

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