Carta a los Reyes Magos

Hombres sabios venidos de Oriente a estas turbulentas tierras del extremo Occidente: Nosotros los del 99 por ciento, que nos esforzamos en ganar honrosamente la vida con nuestro trabajo, les damos la bienvenida. Sabemos que Dios no dijo: “Ganarás el pan con el sudor del de enfrente”.

Vienen ustedes en busca del Niño. Tengan cuidado. Aquí el Poder Real, de la estirpe de Herodes, hipócritamente celebra año con año el día del Niño, pero con su incuria criminal y su voracidad hace que mueran los infantes de esta tierra 3 veces más que en Cuba o Portugal, 4 veces más que en Japón o Corea.

Cuidado con sus ofrendas. Aquí los magnates del Poder Real arrebatan el oro, se perfuman mutuamente con el incienso y obsequian la mirra negra a las ansias depredadoras de los forasteros del Norte.

Queremos decirles que nosotros, como ustedes, sabemos que esta tierra tiene que ser tierra del Niño. Queremos que nuestros infantes, todos sin distinción, niñas y niños, oriundos o de estirpe forastera, o nietos de los traídos a la fuerza, cuenten desde sus madres con una adecuada nutrición que les permita ser seres plenos en sus facultades y con las mismas oportunidades para todos.

No queremos que haya infantes de primera y de segunda clase. No queremos que la espada herodiana de la mortalidad infantil provocada por el Poder Real los siga diezmando.

Queremos igual escolaridad para todos los infantes. No queremos escuelas de hojalata para unos y de calidad para otros. No queremos que más adelante se les cierre tramposamente la matrícula a la formación profesional.

 Queremos que todos los infantes, niñas y niños encuentren respeto a su dignidad de personas humanas con servicios sanitarios que la garanticen. Que la autoridad cumpla con su obligación de la cabal gratuidad educativa para todos sin excepción.

El salario mínimo es en estas tierras el verdadero crimen organizado. Desde arriba. Férreamente controlado por el Poder Real bajo una hipocresía tripartita, destroza la gobernabilidad y es el causante de las muertes infantiles, de las rencillas familiares, de la inducida desinformación ciudadana, de la creciente criminalidad juvenil, de la ruptura social, de la violencia generalizada.

Como nuestros abuelos de 1917, queremos un salario digno que sea “suficiente para satisfacer las necesidades normales de un jefe de familia en el orden material, social y cultural”.

Ustedes, hombres sabios, saben que las cruzadas sólo crucifican. Queremos remuneración justa y funcional a nuestros esfuerzos. Para que la reactivación de nuestra economía venga de dentro. No de tratados asimétricos.

Queremos que el salario mínimo de ley recupere el poder adquisitivo  que tenía en 1976, hace 38 años.  Queremos suscribir la aspiración, todavía insatisfecha después de 200 años, del padre José María Morelos: que “de tal suerte se aumente el jornal del pobre, que mejore sus costumbres, alejando la ignorancia, la rapiña y el hurto”.

Ustedes, hombres sabios que han escudriñado los astros y sus movimientos, que vieron la estrella del Niño en el cielo, y han sido desde la antigüedad ejemplo de convivencia pacífica y tolerancia en la pluralidad, saben muy bien que no será triplicando el gasto público en policías y fuerzas armadas como se podrá restaurar la paz social y la convivencia armónica, si no se restablece primero el ingreso familiar digno como lo quisieron nuestros próceres.

No basta con promedios estadísticos engañosos, entre hielo y fuego, de 12 mil dólares per cápita, que lo mismo incluyen a la treintena de magnates enriquecidos a la sombra del poder público que a los famélicos sobrevivientes, hermanos nuestros, de la sierra de Guerrero, hostigados por más de 50 años por las fuerzas federales.

Queremos, hombres sabios venidos de Oriente, que los maestros mexicanos, que en su gran mayoría provienen de familias de las comunidades más explotadas y orilladas de la sociedad  nacional, sean tratados con el respeto y consideración que merece su vocación y su esfuerzo poco reconocido.

Que las naturales limitaciones propias de su origen social sean superadas y suplidas sin arrogancias ni soberbias imposiciones, si no como una “capitalización” directa e indirecta al ser humano, que es al mismo tiempo el mejor recurso productivo y el verdadero destinatario del desarrollo armónico y equilibrado de nuestra nación.

Esa suplencia debe empezar por las condiciones materiales, privilegiando a los más desfavorecidos, como reclama la verdadera justicia. Y con una formación continua de sus escuelas normales y permanente actualización. No con revisiones punitivas o dictados globalizadores.

 Gracias anticipadas.

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