Ayuntamiento: ajuntamiento

Parece que hay que volver sobre el tema. Parece también que alguien en Jalisco está olvidando el sentido profundo de la reforma política impulsada e instrumentada por don Jesús Reyes Heroles en 1977, que  fue repercutiendo (no con mucha celeridad) en los niveles locales en los años 1979 a 1982.

Respetables voces del ámbito académico están proponiendo en estos días un observatorio de ayuntamientos, como cuerpos de regidores municipales. Cuando precisamente, la idea política central de la función de los ayuntamientos como cuerpos colegiados, reflejo de la pluralidad ciudadana es la de ser observatorio interno de la eficacia y honradez de la administración municipal.

El espíritu crítico con el que deben y de hecho dan seguimiento a las acciones ejecutivas del gobierno municipal, va mucho más allá de la visión mecánica de la presentación de iniciativas individuales. La conducción política de un gobierno municipal es, debe ser, por definición, colegiada, plural, crítica y de debate. El estudio de cada tema sujeto a la aprobación del pleno, es tarea central de todos y cada uno de los miembros.

Los ayuntamientos no son de ninguna manera gerencias municipales, aunque parece que algunos están empeñados en “delegar” atribuciones constitucionales, como si el servicio público fuera una empresa privada para invertir con el propósito de obtener utilidades; e incluso algunos más lleguen a declinaciones criminales y esclavistas, como puede ser el servicio público de recolección de basura.

Hay una gran confusión mental en el ambiente político: entre eficacia en el servicio público, e intención de lucro empresarial particular. La presencia, participación y seguimiento crítico en las diversas comisiones edilicias para garantizar la transparencia y manejo honrado de los recursos públicos de toda índole (no sólo dinero) es tarea central e indispensable de los regidores de las diversas fracciones partidarias.

Si algunas de estas responsabilidades no están claramente puestas a la vista de todos los ciudadanos interesados en el portal electrónico del ayuntamiento, será entonces tarea pendiente. Pero de ninguna manera la evaluación de la “productividad” gubernamental podría reducirse a contabilizar el número de iniciativas presentadas por cada miembro del colegio municipal.

Parte importante y sustantiva de todo gobierno democrático es mantener el contacto con el pueblo soberano que le otorgó el mandato. Conocido es el reclamo reiterado de que los malos políticos no se vuelven a aparecer después de electos. Naturalmente esa tarea corresponde a todos los integrantes del colegio municipal, de todas las fracciones.

Hay una sinuosa trayectoria en la base política del gobierno popular en el devenir de los ayuntamientos en México. Puede ser útil mencionar algunos hitos en esa irregular marcha. Como se puede observar, todavía está a debate.

Paradójicamente, donde parece que se conserva con mayor arraigo el verdadero sentido democrático de servicio en México, es en las comunidades más apartadas y socialmente marginadas de origen indígena.

En 1519, desde el arranque mismo de la conquista de las tierras de dominio mexica, y precisamente para “fundarla y motivarla” legalmente, aparece, sesgada desde su origen, la figura del poder municipal y su autonomía de decisión.

Como se mencionó aquí hace un par de meses, citando a don Luis Pérez Verdía, el medio bachiller Hernán Cortés “quiso legalizar su autoridad, para poder llevar a cabo la conquista”; y “al punto se instaló un Ayuntamiento” en la Villa Rica de la Vera Cruz e inmediatamente  el Ayuntamiento “lo nombró Capitán de la Armada y Justicia Mayor”.

Trescientos años después, en las tierras de América muy poco había trascendido el ancestral espíritu democrático de la tradición vasco-castellana del autogobierno municipal. Al momento de proclamar la Independencia Trigarante había en el finado Virreinato 38 alcaldías.

Si en la metrópoli europea los ayuntamientos resistían con todo su ímpetu popular el avasallador poder real, de este lado del Océano la autodeterminación municipal ha sufrido toda clase de vaivenes.

Reflejo literario de la persistencia y arraigo del fuerte sentido de independencia y autogobierno local en aquellas tierras es el conocido drama de Pedro Calderón de la Barca: El Alcalde de Zalamea. Ante la arrogancia y abusos del capitán de las fuerzas reales de paso por el pueblo, que exige respeto, el alcalde con aplomo le responde: “Con muchísimo respeto os he de ahorcar, ¡vive Dios!”.

Nada extraño que aquí, después de los abusos reiterados de los jefes políticos porfirianos, una de las demandas políticas de la Revolución haya sido el municipio libre.

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