El desmenuzadero

Ignorancia, el origen de todas las cosas

Según las estadísticas del Inegi, los mexicanos en promedio nos merendamos tres libros al año, hay estados como Tamaulipas que no llegan ni a eso y gracias a algunos enormes consumidores, no crece el promedio parejo, aunque el grueso leamos pura (inserte su grosería predilecta aquí).

En mis tiempos, que no son lejanos pero pasan la barrera del internet libre, éramos pocos los que cargábamos un libro bajo el brazo.

También hay que aclarar que la estadística es fría y se remite solo a lectura de libros convencionales y digitales, y actualmente el internet y sus brazos, las redes sociales, proporcionan lectura rápida: cuentos, microcuentos, poesía, reseñas, ensayos, periodismo, críticas, etcétera. Hay que reconocer que lo más consumido son los chismes, el sexo y la vanidad, información más insípida que el agua que gracias a nuestra mugre y química, ya no lo es.

Varios estados del país no llegan ni al centenar de bibliotecas y hay más bares y estéticas que librerías.

Entonces, ¿cuál es el criterio que podemos tener como mexicanos con una formación que adolece de cultura?.

Porque es fácil ver a medio Facebook, el maquillaje perfecto de la ignorancia, compartiendo el video de nuestro Presi porque no menciona tres libros sin una autocrítica de nuestros últimos tres autores consumidos en el mes, trimestre, año, vida.

En el idioma de Twitter seríamos bots naturales o retuiteadores automatizados.

Una formación basada en televisión que con poco esfuerzo intelectual sostiene la opinión pública, en guiones de libros de texto y leyendas oficiales de la historia con héroes deshumanizados, una retórica interminable y un consumismo ipso facto.

Como ciudadanos será difícil cambiar el rumbo del país sólo con un celular y una pancarta repartidos en las manos y el control remoto en la bolsa, vociferando consignas y traspasando lo último de las noticias.

Atrás del pueblo zombi y consumista viene una nueva generación a la que hay que ponerle un libro en la mano, abrírselo, leérselo, debatírselo, soñarlo, sentirlo… y tendrá posibilidad de ser un hombre o mujer de identidad propia, un borrego rebelde, un líder o un ídolo diferente, un referente ajeno al ciclo de un país que desde su independencia ha vivido en una crisis y que se siente cómodo como víctima, un Síndrome de Estocolmo crónico.

Un votante pensante, al menos.

Hay que entender que los líderes son el reflejo de su pueblo.