El desmenuzadero

Ayotzinapa y el México Bárbaro II

La tragedia de Ayotzinapa es una abominación desde el involucramiento de la autoridad, desde que ‘levantaron’ y desaparecieron previo del día “D” de la primera dama de Iguala, a los supuestos manifestantes y horas después, se sabe hoy, de la faz de la tierra.

Es deprimente saber que una mente del crimen organizado puede ser electo; es desesperanzante el encubrimiento del poder, o peor aún, la incompetencia. Es una mentada de madre que el procurador Murillo Karam se canse tan rápido.

La tragedia en Iguala es tan lamentable y dolorosa como el caso ABC, y las fosas de San Fernando, como Tlataya, como el Casino Royale o el Heaven, como en Atenco, Acteal o Tlatelolco; es letra de sangre en la historia de México.

Es lo que vió y registró John Kenneth Turner hace casi 100 años, el salvajismo humano; allá en el porfiriato, el esclavismo, el secuestro, el exterminio y el autoexilio; hoy esa visión podría tener un tomo dos actualizado de su México Bárbaro.

Es una muestra de degradación mexicana: desde que un hombre mate a otro o lo queme vivo, a que la ley lo permita, y hoy, a que la misma ley lo ejecute.

Pero hasta ahí me quedo cortito, el problema es, ¿a quién le importa de verdad Ayotzinapa?.

A los padres, claro; a la sociedad, a veces; a la política, poco o nada.

La desventura de los normalistas se convierte en moneda de cambio para la elección intermedia.

El PAN está aprovechando ser, aparentemente, el único partido, sin contar a los enanos, que no está metido hasta las manitas en el fango.

Al puro estilo de “Todo el PRI contra Calderón”, aprovecha para asestar cada chingadazo que pueden, tal como lo adolecieron durante su docena gubernamental, al gobierno de Enrique Peña Nieto, que también parece cansado como Karam y como en su momento pareció su antecesor.

Mientras las políticas públicas se vuelven más caras, menos productivas y retroactivas; lo pobres siguen siendo pobres, los violentos son más violentos y su estigma hereditario parece que no se cortará pronto, que es el real fin de esos programas de cirugía para el tejido social, que al paso de los años siguen siendo proyectos.

Los pactos son a medias, la política es la rienda floja de la ley aún más floja, y el involucramiento de la sociedad es tan superficial como digital por miedo a un día ser un hashtag o trending topic trágico y luego, un discurso de campaña. 


erik.vargas@milenio.com Twitter @erikvargas