Igitur

Vidas frágiles

Literatura contemporánea. Nunca he llegado a ver muy claro a través de ella. Han muerto en las últimas décadas personajes ilustres en el panorama literario internacional que lo dejan un poco desolado. Muchos parten y llegan pocos del mismo talle. Entiendo que requiere de coraje entrar calmosamente a navegar en un mar que hace naufragar a tantos. Alguna ocasión comenté  que considero la creación literaria un arte, de los más concretos, sí, pero también huidizos y susceptibles a quienes lo practican y veneran. La bárbara cantidad de novelas que son publicadas hoy en día, habla del abandono de la calidad cuando de ofrecer algo al lector se trata; uno de los grandes males de nuestra época. Lucrar con el vocabulario porque lo tenemos nunca me ha parecido de buen gusto, no es mercancía sino un regalo.

Entre tanto cavilar llegó por suerte y muy oportunamente alguien desde la exquisita República de Weimar, con su primera y última obra: Kurt Tucholsky (Berlín, 1890-Gotemburgo, 1935), satírico, polémico y exiliado. En 1935 se sumó a la lista de aquellos que asumieron algo que los arrastraría al suicidio: “No es posible frenar la catástrofe con una máquina de escribir”. El castillo de Gripsholm. Una historia veraniega (Barcelona, Acantilado, 2016, traducción de Jorge Seca) es una narración estival para leerse en pleno otoño, un arranque emotivo y censurado que volvió con justo reconocimiento. Este hombre  singular y melancólico de inmenso poder creativo al cual, por desgracia, le faltó tiempo para expresarlo, refleja una generación que dio belleza a lo abominable.

 La capacidad de añadir rasgos a lo que observamos, eso es escribir, cosa que logró Kurt Tucholsky con verdadera sensibilidad luego de experimentar la guerra, nutriéndose de su totalitarismo con despiadada originalidad: no  consideró que fuera una profesión. Me reconforto en el campo de su simpatía, donde veo implicado un ingenio que atraviesa el tiempo, mérito de una facultad imaginativa capaz de volver a un hombre humano o siniestro. Por desgracia se sumergió en el mutismo tras esta historia de dos amantes que al vacacionar en un lugar idílico de Suecia descubren que tal ambiente tranquilo está lejos de ser la naturaleza adánica que contemplan, sino que enmascara una aterradora disciplina. El destino va desplegándose con los elementos que le conforman: inocencia, amargura, barbarie e irracionalidad. Una parábola inmortal y un ejemplo vital, eso es este libro que reaparece en el horizonte de la literatura alemana como un auténtico clásico, esta vez para quedarse.