Igitur

El vértigo

A propósito de tener constantemente una sensación ilusoria en que va perdiéndose gradualmente la noción del espacio, hasta que el propio cuerpo exige de nuevo consciencia y recobra sus facultades, he leído algunas líneas que infieren acerca de este padecimiento, pues si continuaba desamparada temía no abordar el asunto (por un lado sentimental y emotivo, por el otro profundamente irónico) con la seriedad que merece, y así subrayé lo siguiente de Kundera: “Aquél que quiere permanentemente llegar alto tiene que contar con que algún día le invadirá el vértigo... Y el vértigo significa que la profundidad que se abre ante nosotros atrae, seduce, despierta el deseo de caer”.

No busco pistas porque pretenda la extensa certidumbre sino evitar laderas y peñascos o el ascetismo de negarme a mí misma. Noto que olvidarse de exigencias inútiles disminuye en buena parte los síntomas de rabia, angustia y desesperación, que suelen jugar tretas morales.

Tiempo atrás dejé de rehuir espantada de lugares comunes, considerando que no vivimos en una época de intelectuales prematuramente desaparecidos, como fueron Virginia Woolf, Franz Kafka, Silvia Plath o Thomas Bernhard, donde habría necesitado buscar reivindicación a través de cualquier cosa escrita, dicha o pensada. Pasé de ser entonces una amante de lo trágico a procurar ideas humildes, compartiendo la siguiente confesión de Girondo: “Me repugna lo hueco y jamás pienso mantener contacto con lo inerte, que si de algo he renegado es de la indiferencia y no aspiro a transmutarme, ni me tienta el reposo. Admito que todavía me intrigan el absurdo, la gracia y no estoy para lo inmóvil, para lo inhabitado”.

En determinado instante uno comprende que debe reflexionar con discreción porque la verdadera sensibilidad evita causar alborotos, imponiéndose invita a repasar con ella rotundas lecciones de vida; partiendo de ahí, apelar al mejor escenario posible porque hemos visto el peor no resulta insensato.

Espero noten un repentino alivio en caso de necesitarlo, que les sugiera alguna imagen entrañable al estilo de Whitman:

“Esta mañana, antes del alba, subí una colina, y le dije a mi alma:

—Cuando abarquemos esos mundos, y el conocimiento y el goce que encierran, ¿estaremos al fin hartos y satisfechos?

Y mi alma respondió:

—No, una vez alcanzados esos mundos, proseguiremos el camino”.

Dicha verificación poética resume acertadamente lo que hoy quiero recordar.