Igitur

Si has llegado…

Doy la bienvenida al último mes del 2016 en un aislamiento sentimental, donde trato de guarecer mi salud espiritual, llevando a cabo el ejercicio de evocar sin que signifique enumerar desengaños, aversiones, indiferencias, desprecios y vicisitudes.

Recapitulando qué episodios históricos han durado el lapso de un cuarto de siglo o menos, como el imperio de Alejandro Magno, la dinastía Qin, la Revolución rusa y, por supuesto, la Independencia de México, arribo a una conclusión: aunque me encuentre debajo de los estándares de aquellos grandes jóvenes creadores de antaño —estilo Kleist— que sucumbieron románticamente en el intento de ser inmortales enalteciendo sucesos universales, les agradezco avisarme que las tinieblas están ahí. Cumplo veinticinco primaveras, inviernos, veranos y otoños, queriendo mirar el rostro fijo de la vida, hasta que me toque ver el abstracto de la muerte, evitando adelantar vísperas.

Hay que tener sensatez para afrontar la existencia, sustentada de exigencias unas veces muy evidentes y otras bastante ambiguas, que al decantarse son aquello que llamamos experiencia.

Entregarse entonces a una labor, cualquiera, y someterse a ella, jamás dejándose embaucar por otras tareas, resulta crucial no para matar el tiempo sino con tal de avivarlo. Yo realizo la mía, comunico lo inmediato que brota espontáneamente, urgente y apremiante. Dedicarse a la cultura entraña una agradable maña, que la reflexión trascienda la costumbre.

Cultivo un jardín de libros al gusto de Voltaire, y de ahí se deriva el resto: descubro con placer etimologías, agradezco que haya Stevenson, premedito colores y formas en páginas que compongo o leo y no siempre tienen que gustarme; así voy salvando convicciones, ese sistema integral de actitudes, procurándolas.

Muy pronto el mundo separa crudamente a los que lo
han conocido y a los que no lo han conocido (citando a Julian Barnes) "más adelante, a los que han conocido el amor y a los que no lo han conocido. Más adelante aún —al menos, si tenemos suerte o, por otra parte, si no la tenemos— separa a los que han sufrido aflicción y a los que no la han sufrido". Divisiones absolutas, trópicos que cruzamos. Geografías de una aurora que aunque les llegue su ocaso terrenal, saltan hasta los demás astros, en que lo múltiple y lo diverso coincide sin anularse.

Al igual que Lombardi, creo firmemente que el mejor y mayor momento de cualquiera es aquel sublime en que, después de haber trabajado arduamente con empuje, esfuerzo, y dedicación a favor de una causa noble, se encuentra exhausto en el campo de batalla. Les dejo la recomendación que recibí de obsequio pot parte del Marqués de Selvanevada: ¡Nunca dejes el hábito de vivir!