Igitur

Nada te turbe

"La jurisdicción de entonces, al igual que la venidera, se ocupaba, en su mayor parte, de la regularización del impulso amoroso, y en el caso de no pocos de los arrestados que se consumían en un lento transcurso hacia el ocaso, debía de tratarse de aquellos insaciables cuyo deseo les conducía una vez tras otra al mismo punto”, escribió W. G. Sebald en Vértigo. A pesar de sufrir desazón y sentirnos a veces ofendidos por el mundo, me alientan las ocasiones cuando algo de su sabiduría incentiva, logrando que alcancemos altas cotas de elocuencia como la citada.

La falta de sensibilidad o una sensibilidad exacerbada hacen de la existencia una premisa donde cabe una única certeza: la muerte, lo que crea en quien la guarda la solidez, la integridad de ser sí mismo. Fijarse a ideas rigurosas hasta volverlas permanentes (las de aquellos inquietos y preocupados en no vender temas comunes como ganga) entonces parece sensato.

Hallé entre mis títulos Sobre el hombre, por Olivier Clement, una de las personalidades más reconocidas en la cultura francesa contemporánea, un estudio antropológico que refleja nuestra situación actual, la que armamos en conjunto. Entrelazando preceptos teológico-filosóficos —recordándome a san Agustín, quien fue, además de un intérprete excelente de lo divino, creador de una de las mejores compilaciones literarias— funge de salvoconducto entre aquellos que creen y aquellos que no, colocando lo sacro que albergan las alturas, en tierra firme.

Stevenson no estaba equivocado al afirmar que el hombre tiene que ser justo aunque Dios no lo sea, incluso aunque no exista. Sentencia que ensancha perspectivas, nuestro campo de labor; así buscamos la insoluble belleza hasta debajo de las piedras, esa que dilatará los instantes transfigurando vidas.

Un interminable repertorio de nombres surge cuando pienso en capturar letras heroicas, entre ellas un fragmento de María Zambrano: “Sin fe, la caridad desciende al impotente afán de liberar a nuestros semejantes de una cárcel, cuya salida ni tan siquiera presentimos, en cuya salida ni siquiera creemos”; y “sin la caridad, la fe que transporta las montañas no sirve de nada”, continúa argumentando san Pablo. En la cima quizás encontremos nada, aún así arriesgamos todo por llegar a ella; a final de cuentas vivir significa llevar hasta sus últimas consecuencias el destino del cuerpo.