Igitur

Conjurar el dolor 

Uno deja de considerar cada vez menos que necesita tener influencia o palabras de las altas esferas cuando reconoce la superior utilidad del tacto y la modestia. Nada solucionará completa y finalmente los dilemas que acarrean consigo estos meses de malestar, pero si hemos sobrevivido a ellos es porque debemos esperar algún milagro; pretenderlo vendría siendo puro idealismo, sin embargo, perseguirlo, no. Luego de las contiendas más duras, debería caer con suavidad la paz sobre nuestras cabezas; ¿Cuándo sucede así? Después de miles de decálogos mediáticos y ordenanzas descuidadas —que no tratan de cultivar valores auténticos— al vuelo atrapo una de las últimas hojas del otoño para guardarla como recuerdo de los tiempos en que la ascendencia del poder no era tan vertiginosa, pero también como presagio de que, aquellos que vendrán, no deben ser solo naufragio.

Dentro del epicentro de tanto movimiento, continúa la cultura inamovible entre mis prioridades, el bagaje literario es un freno de mano que detiene la velocidad del desinterés sobre lo importante, causante de un catastrófico escepticismo que le sigue el paso a lo “urgente”. (Atesoro la certeza de que hay quienes están bien atildados en sentido cultural). Un llamado de atención a los interesados en inhalar soplos de vida impolutos, ha sido dado. Hay que aguzar el oído y escuchar esoque resuena desde las lejanías, un eco silencioso que invita a examinarse y reconsiderar antiguas convicciones.

La existencia posee un sentimiento trágico que logra inundarnos; hecho terrible porque arrastra al sótano del pensamiento lógico cualquier perspectiva favorable. Alphonse Daudet, nacido esta fecha hace 119 años, contertulio de Iván Turguénev y Émile Zola, fue un autentico desinteresado ante los días donde atracaban el furor naturalista y el industrialismo. Su grandeza no ha sido sustituida por el olvido gracias a la memoria de los lectores serios que en sus estantes seguro tienen En la tierra del dolor, un libro repleto de ingeniosos esfuerzos por sobrevivir a la enfermedad y del cual hace 19 años hubo una reedición francesa extraordinaria con prologo de Edmond de Goncourt y que recientemente introdujo Julian Barnes. Pensar en él significa recorrer los amplios pasillos de las letras francesas bajo el influjo de la siguiente premisa: “El hombre se hace haciendo” y añado: no cualquier cosa.

De las heridas que no le cicatrizaban emanaba además de dolor, sensibilidad. Muy trabajosamente floreció ahí donde pensaban todos que no era tierra fértil, una inigualable capacidad de narrar, de metaforizar, tras habituarse al padecimiento. Escribir entonces parece ser una salida: la palabra ahuyenta al dolor, porque deja de malgastar el poco tiempo y las fuerzas que le quedan. Como escribió Philip Jaccottet: C’est quand on ne peut plus se dérober à la douleur, qu’elle ressemble à quelqu’un qui approche en déchirant les brumes dont on s’enveloppe, abattant un à un les obstacles, traversant, la distance de plus en plus faible.