Igitur

Las cenizas del cuento (tras soplar la vela del poema)

"Este cuento irá dirigido a la inteligencia del lector, la cual pondrá en escena las cosas por ella misma”, escribió Stéphane Mallarmé al inicio de Igitur, advirtiendo a aquellos interesados en escudriñarla. Una corta sílaba del latín culto, difícil de grafiar al latín vulgar y mucho más compleja de traducir al español que vendría significando “pues” o “entonces”, es sin embargo un largo esfuerzo galvánico por negar la inmortalidad a través de nuestros ancestros, descendiendo al interior de su espíritu humano en búsqueda del absoluto. Yo la describo como una explicación órfica de la tierra.

Sabemos que hay traducciones que no pueden cumplirse, pero también que existen palabras –como esta latina– que merecen otra cosa que la exaltada tarea del traductor por definirlas y precisarlas. Igitur puede considerarse un summum mallarmeano que concentra ininterrumpidamente su facultad poética. Escrito personal y ambicioso, de sugestivos paisajes interiores y exteriores que no constituye tanto una detallada crónica de vida espiritual sino una representación de ella sobre un plano cosmolingua. Distintos críticos concuerdan que resulta el nec plus ultra de lo complejo, un paladín del hermetismo; sin embargo, también coinciden que tal sitio oscuro y hondo (quizás hasta azaroso) conviene que lo visiten quienes dicen tomar en serio la literatura.

Mallarmé me ha acompañado siempre: lo he adorado y lo he maldecido; nunca osaría romper el hechizo que me lanzó tiempo atrás. Su esmero por reinventar la vida a través del poema, me provoca la necesidad de recurrir una y otra vez a él, pretendiendo hacer de todo lo que escribo el órgano del lenguaje.

Las imágenes que proyecta en Igitur son un elocuente gesto por tratar de anudar cabos sueltos entre el verso y sus intenciones de contar una historia, trayendo a colación un lenguaje de secta, ideal para infiltrarse en su universo que abjura de la gramática y la retórica. Domarlo ha sido imposible, inclusive para los eruditos; interpretarlo fielmente supone traicionarlo o, peor aún, suprimirlo.

Igitur concilia nociones imaginarias y sensibles que de tan elementales invitan a profundizar. Asumo yo aquí la tarea de salvaguardarlas como si fuera un deber ya que tanto me ofrecen, por ejemplo, la posibilidad de rehabilitar sensaciones fracturadas. Las palabras de Mallarmé son una guía fiable; con ellas ha sobrevolado los tiempos y extendido su legado.