Igitur

Axis mundi

El acto con mayor importancia que realizamos cada día es tomar la decisión de continuar viviendo. Y para consolidarlo hay quienes hacen retórica, queriendo llevar a cabo, precisamente, lo que comprenden bien. Creo que hay multitudes de personas que parecen no pertenecer a esta civilización, el genio forma parte de dicha estirpe. Un rayo cuyo trueno se prolonga durante siglos, dijo Knut Hamsun; sí, porque logra adueñarse de un oficio.

En evitar perder la cadencia del tiempo, la noción del orden y el significado de perspectiva, reside la destreza. Existen múltiples cosas que son el conducto de un milagro, pienso, y en la misma proporción, palabras que cargan activamente con sus cadáveres. Un hecho inequívoco: las catástrofes ofrecen la posibilidad de olvidarlas pero antes la obligación de captarlas y transfigurarlas. 

Hay una obra en particular que le reserva la eternidad a cada autor. Para mí, no es La Odisea sino La Iliada, no Ulises sino Dublineses, no Vidas imaginarias sino El Libro de Monelle, no Memorias de Ultratumba sino Amor y Vejez, no Los Miserables sino Nuestra señora de París, no Moby Dick sino Bartleby el escribiente, no El cuervo sino La Caída de la casa Usher, las que  merecen referencia y un acto de fe previo. Las “pequeñas obras” de los grandes escritores (el ultimo resplandor de la vela), aunque no sean consideradas fundamentales para muchos o, incluso, estén irremisiblemente extraviadas y algunas de las ediciones sean aceptables y otras exhaustivas, tienen casi la misma perfección, con un plus de sencillez, sobriedad y carisma, que los libros “obligados”. Resulta un tema difícil, por fortuna la historia no termina cuando muere aquel que la escribe. Homero, James Joyce, Marcel Schwob, François-René de Chateaubriand, Herman Melville y Edgar Allan Poe (pocos de varios que debería mencionar) sabían que la única manera en que captarían la atención  hacia títulos menos populares sería despojándonos de ellos, pretendiendo que ocupasen el espacio que deja la ausencia de un vanagloriado nombre, nuevas tramas; hecho que funciona si el lector percibe cabalmente las pasiones y emociones que suscita lo desconocido.

Clásicos: símbolos presentes en cualquier cultura, donde convergen sin pérdida los rumbos de cada una. Un clásico (parafraseando a Borges) no es un libro que necesariamente posee tales o cuales méritos, sino libros que las generaciones leen con lealtad. Librándonos de una deletérea existencia uniforme, ensanchando nuestro horizonte estético, revelando de forma inequívoca que, en verdad, lo que importa en el dominio de la literatura viene siendo la literatura misma.