Igitur

Ausencias irremediables 

El primer signo del talento es ser infatigable, conjuró Chéjov, no inmortal. El 2016 ha diezmado burócratas, intelectuales, filántropos y artistas del panorama internacional; autores de memorables obras y artífices de momentos históricos que reforzaron nuestra identidad cultural, legando un patrimonio de sabiduría o sabiduría mundana, distinguiendo entre lo accidental y lo representativo.

Estos decesos nos vuelven una especie de coleccionistas de pérdidas. Menciono los que ahora me vienen a la mente: Leonora Carrington, Leonard Cohen, Andrzej Wajda, Shimon Peres, Edward Albee, Elie Wiesel, Umberto Eco, Harper Lee, André Courrèges, Vilmos Zsigmond y Rafael Tovar y de Teresa.

Increíble que Robert Burton llevara a cabo un estudio sobre la melancolía 400 años atrás, con la seriedad de un tratado científico actual. Quienes ignoren su existencia creerán que dedicarle más de mil páginas a un escrito acerca de la tristeza resulta ocioso. A mí me ha llevado lejísimos, ¡comme il faut! Difícil enumerar la cantidad de víctimas que sufrieron dicha “enfermedad”, entre ellos Virginia Woolf, Sylvia Plath, Heinrich von Kleist, Ernest Hemingway, David Foster Wallace, Gilles Deleuze, Horacio Quiroga y Stefan Zweig, solo por nombrar unos cuantos que componen el listado fatal, privándose de realizar libros que seguro habrían sido entrañables.

A ninguno de ellos su desbordante inteligencia le dio la lucidez con la cual rehuir las tinieblas: adquirieron el hábito de pensar antes que el de vivir, advirtieron el dolor mucho después de haberse instalado, no fingieron respetar el derecho al inclinarse frente a una capacidad interior que retaba a la naturaleza. Camus, quien explicó el abismo, escribió: “Es en el mismo momento de la desgracia cuando uno se acostumbra a la verdad”.

Las víctimas aquí homenajeadas hoy poseyeron simultáneamente genio, inteligencia y talento; tomamos sus triunfos de creadores como si fueran un triunfo del mundo. Yo, al igual que Pavese, “no he comprendido todavía qué es lo trágico de la existencia, no me he convencido. Y, sin embargo, está muy claro: hay que vencer al abandono voluptuoso, dejar de considerar los estados de ánimo como fines en sí mismos”. Para un genio talentoso e inteligente resultaría difícil. O, también, muy fácil. Sensatez: evitar vivir trágicamente. Mostrado y demostrado por cuantos hemos sufrido sin sucumbir.