Igitur

La atracción del abismo

En la angustia de una pesadilla —como la de constatar que la libertad termina donde un soplo mortal hiela los miembros de saberse prisionero— con algo de suerte encontramos, a pesar del terrible sufrimiento, referentes para amar las cosas bellas, puesto que solo allí nos hartamos de ser víctimas cotidianas de la vanidad propia de una sociedad hostil. Parodiar eficazmente el cinismo va volviéndose un hábito si se logra que coexistan altos registros líricos y la ironía más punzante. Necesitamos preservar la sana esperanza de conservarnos libres, aunque ello implique adentrarse en las honduras del horror. En pos de defender la arquitectura de un rayo de sol o sostener el verdor de una montaña, hay que talar junglas de maleza; en consecuencia uno gana esta certeza: la muerte es menos, vivir lo es todo.

Quien presta atención a la sintaxis de las cosas, como hizo e. e. Cummings, jamás dará algo por perdido. Habituados a la guerra vestimos cotidianamente el desazón conscientes de que no podría existir peor tedio que un mundo sin tensiones, puesto que la vida significa esencialmente pura batalla.

Cuanto más prospera el amor, más, también, prospera su esencia que disputa nuestras ansias de espiritualidad. Un atinado ejemplo son los vínculos afectivos, como modelo aquellos entablados entre Christiana Morgan (artista) y Henry Murray (psicólogo) y su relación extramatrimonial, que duró 42 años; o Gustav Jung (psicoanalista), quien se debatía entre su esposa y Toni Wolff, acaso el reflejo preciso de la mujer que le moraba en el inconsciente. Como toda unión de esa índole, acaba resultando cautivadora. Son fascinantes. Sin embargo, fracasan a la hora de consolidarse. Nótese que las parejas optan por separarse, jamás eligen el abandono, ya que el tiempo evita pasarles encima. Podemos fijar la hermosura de un modelo, sí, aunque al retratar al creador de la obra difícilmente tenemos piedad.

A pesar de todo, uno intenta mantenerse positivo, pensando que algún aprendizaje obtendrá, y que ello hará que transitemos de modo distinto, lejos de lo circunstancial y próximos a lo esencial.

Por regla general la realidad suele presentarse interesante, aunque buena parte de ella tenga el tono de una alucinación. Abrir los ojos, mirar, tocar el mundo, no otorga la vida eterna; quizás, al cabo da algo importante: el valor de sabernos humanos.