Igitur

Postal desde Argentina

Apropósito de estar en Buenos Aires, me sentí con la necesidad de enviar una postal a los lectores que modestamente constituya apenas un leve pensamiento sobre mi transitar por sus calles y mi anidar entre sus librerías, al igual que la simpatía que despierta y los temores que infunde. Ciudad densa, azarosa, polifónica, antigua y moderna, triste de día y pintoresca de noche. En cada rincón observamos los signos de su pasado aguardando pacientes el porvenir. Un bonaerense tarareaba algo de Carlos Gardel mientras paseábamos por Puerto Madero codo a codo y el río de la Plata al costado fluía: "Sentir que es un soplo la vida/ que veinte años no es nada..."

El barrio, el desengaño y la milonga me hicieron evocar de inmediato a mis escritores esenciales, coincidentemente muchos de ellos argentinos y que seguro habrán escuchado aquel tango. En su época dejaron huella por los distintos lugares que frecuentaron hasta convertir la ciudad entera en un sitio memorable con su Café Tortoni, La Biela, el Pasaje Güemes, la Biblioteca Nacional, San Telmo, la Plaza de Mayo, el Obelisco... Autores íntimos y dolientes, constructores de libros inolvidables que son y seguirán siendo leídos. Guiados por la pasión aunque en distintas direcciones, su brújula apuntó hacia la posteridad.

La historia no miente, quizás mientan quienes la escriben; sin embargo entre los siguientes nombres hay una vocación que ha enseñado con veracidad a varias generaciones el misterio de la creación y el infierno de las letras. Pasaron como ráfagas entre la felicidad y la desdicha. No creo que ninguno merezca encabezar o finalizar la lista, puesto que todos contribuyeron a posicionar la literatura argentina en un lugar privilegiado: Fogwill, Cortázar, Bioy Casares, Lugones, Silvina Ocampo, Walsh, Gelman, Quiroga, Girondo y tantos otros que hicieron honor al lenguaje en sus textos, hoy los evoco. Su fidelidad a la auténtica retórica es un mérito propio y del idioma que se presta para ello. Llegué a Argentina con mucho espacio en la memoria y así cargarla de recuerdos, sin darme cuenta de que ya venía sobrepoblada por ellos; solo necesitaba nombrarlos.

Acudo a Borges para reincidir en el paisaje que me ha bendecido: "Buenos Aires es la otra calle, la que no pisé nunca, es el centro secreto de las manzanas, los patios últimos, es lo que las fachadas ocultan, es mi enemigo, si lo tengo, es la persona a quien le desagradan mis versos (a mí me desagradan también), es la modesta librería en que acaso entramos y que hemos olvidado, es lo que se ha perdido y lo que será". Aunque el tiempo transcurre inasible a través de ella, marca y rotula.