Igitur

(Paréntesis)

Quise abrir un paréntesis y hacer una valoración de lo que semana a semana destaco en esta columna: los libros. Cuando uno escribe, cualquier cosa la convierte en lenguaje, incluso el silencio. En un libro, la gramática son los ríos, la sintaxis los valles, las letras en sí mismas constituyen el paisaje. Me las he ingeniado de tal manera que cada miércoles pueda dar con un título y un autor que me transporten a lugares con diversos panoramas semánticos. La geografía que recorro nunca es la misma; cada una es tan perfecta que empiezo a confundir mi destino con mi ubicación. Mi ubicación actual resultan ser las novedades del año, ceñidas unas veces a clásicos que se remontan al pasado, pero en la mayoría de los casos a contemporáneos que tratan de seguir su misma línea discursiva, y el resto pueden inferirse o no. “¿Hay que ser absolutamente modernos?”, le pregunto a Rimbaud, quien queda en desventaja al no poder contestarme. En su caso sí, porque fue un inventor distinto a los que le precedieron y también a los que le han sucedido.

Es imposible forjar la realidad partiendo de lo que uno lee sin hacer nada de eso; sin embargo, la brecha entre expresión e intención jamás debería preocuparnos porque los escritores ponen en el lenguaje cotidiano todo su vigor: lo inconcebible hecho cotidiano depura aquello que no resulta fundamental en la vida. Muchos libros de frases simples terminan siendo exquisitos y otros complejos sacan a relucir su claridad. En ellos hay una esencia de verdadera sabiduría, o al menos de solidez. Yo, como Ingeborg Bachmann, moro permanentemente en las palabras: quiera o no, estoy siempre llena de palabras. Así ando por la vida: como si las palabras estuviesen vivas, como si la vida fuera palabra.

Este preámbulo me permite afirmar lo siguiente: la lectura sirve para evocar recuerdos ajenos. Lo que hace a un escritor serio es la capacidad que tiene con las letras de argumentar la existencia. El dramaturgo, el novelista, el poeta son una estirpe que, además de darme trabajo, ofrecen motivos correctos para sostenerlo. La creación literaria es un arte de los más sutiles, y, sin embargo, directo y comprometido al enfrentar la realidad con el ensueño.

Los grandes escritores volvieron su azaroso destino en vocación, de ahí que se despliegan miles de títulos inolvidables. A propósito, recomiendo leer, pues viene al caso, Manual abreviado de literatura portátil, de Enrique Vila-Matas, quien recibió el premio Rómulo Gallegos el año pasado.

 Concluyo que cada libro es el mapa de un mundo al que nunca hay nada que añadir.