Igitur

Antes de que claree

Haber escrito una novela naturalista que se lee como una pesadilla sin fin es el mayor y más singular logro de Dostoievski, afirma Bloom. Son los momentos en vela cuando me acerco a semejantes reflexiones porque todo parece convertirse en objeto de cavilaciones de amplio espectro. Teniendo conciencia
de que no resulta posible llevar a cabo varias fantasías maquiladas en estado de vigilia, lo único sensato –pienso– viene siendo leer una novela. Entre el espanto que provoca la necesidad de frenar el instante y la necedad de que siga corriendo reviso mis lecturas recientes y me encuentro con Noches blancas (Nórdica libros, 2015, ilustrada por Nicolai Troshinsky). Un clásico que encaja perfectamente en circunstancias donde la mente no da tregua y en un acto de humildad o insensatez pretende arrancarle la esencia a alguna obra maestra que tenga gran conocimiento del alma humana. Posiblemente los fieles románticos devinieron personajes memorables porque al quedar atrapados en el callejón sin salida de una época mezquina y una sociedad excluyente optaron por argumentar su existencia mediante la literatura. Cuando consiguen entrelazarse verbo y sentimentalismo de manera impecable, solo puede atribuírsele a alguien con el talento de Dostoievski: soberano de las letras, esteta por antonomasia del lenguaje.

Esta historia nocturna no caduca, lleva vigente alrededor de cien años. Siendo un compendio de amor y tiempo, lo que significa inagotable. Sus fronteras son tolerantes pero basta con que algo no sea precioso o fugitivo para volverlas infranqueables. El narrador deja una fragancia cansina, aroma que me guía hoy hacia dicha perla literaria que consigue encandilarme, donde el lector se convierte en poético sufriente u orgulloso intelectual.

El contenido de la historia es fruto del deseo compartido de un hombre y una mujer que casualmente coinciden en alguna parte de San Petersburgo. Su elocuencia, armoniosa y dramática, nada tiene que ver con lo alegórico; las ricas imágenes, aunque predecibles, revelan lo inesperado. Asumir orgullosamente la vigilia en tanto que no sea un modo de apropiación de algo resulta quizás la mejor manera de hacerlo nuestro; esta literatura lo demuestra. Aguanta los abrazos opresivos de la noche clara aunque engañosa, intuyendo que tan pronto llegue el alba la verdadera luz del día buscará el modo de liberarla; “desarrollándose una lucha febril, de la voluntad extrema contra la debilidad interior”, afortunadamente “los ensueños se cansan, se agotan, se transforman en polvo” y el alma tiene otros anhelos.