Igitur

Creo, luego existo 

En el Museo de Orsay reposa la imaginación de Georges Lacombe que, evitando ser monotemática, se centra en la varia materia de la existencia: no memoriza una circunstancia, la sueña o la realiza, en madera tallada o sobre un lienzo. Hoy, celebrando el centenario de su muerte, evoco mi obra predilecta: La existencia, fruto de la intención por hacer un tributo a la vida.

Los géneros evolucionan cada vez con más celeridad, por ello la necesidad de buscar vasos comunicantes. Un lugar común de contacto entre él y su quehacer lo encontramos en otros creadores del siglo XIX y XX: en la actuación de Henri Clouzot, con sus puestas en escena; en las películas de Erich von Stroheim y René Clair, y en las letras de Alphonse Daudet y August Strindberg.

Como cabe esperar, la relación de cualquier expresión artística está profundamente arraigada en trastocar deliberadamente lo infinito para volverlo inagotable. Hay belleza siempre y cuando el artista, como en el caso de Lacombe, represente una verdad, independientemente de si acierta o no al hacerlo; es la clase de armonía que proyecta la imagen lo que importa: buscamos en su memoria una época distante que ha marcado la historia hasta nuestros días.

Su discurso, dirigido a la realidad, fue seducido por la ingeniosa intriga de diferentes personajes, como Gauguin. Notable creador de ambientes, se convirtió en el principal escultor del grupo de artistas llamados Les Nabis, quienes dieron color a su siglo. La existencia resalta esotéricamente y en resumidas cuentas lo que ella es: una energía vital. Nacimiento, amor y muerte, entrelazadas por una serpiente que, al morderse la cola, besa unos labios. Son cuatro paneles unidos, como las cuatro estaciones del año que se suceden las unas a otras; así, pues, concuerdan la unión de atributos naturales asistidos por la fe, dirigidas por la esperanza y sostenidos por la fortaleza; enfatizando rasgos estéticos del naturalismo, gestos expresivos, fórmulas emotivas, que aparecen de manera tangible: prudencia, esperanza y caridad.

El resultado del arte de Lacombe habla un lenguaje que no necesita de voz para expresar en palabras lo que el cuerpo del hombre y la mujer dicen ahí mismo, en silencio. Menciono esta obra no porque piense que de otro modo hubiese pasado totalmente por alto, sino porque al subrayarla puedo regocijarme en una Humanidad que comprende coloridas regiones y viste de imágenes nada austeras nuestro mundo muchas veces servil, sin dignidad.