“Contra la razón y por la fuerza”

A Carlos Payán y a Andrés

Manuel López Obrador.

Dos mexicanos tan excepcionales como

 imprescindibles.

Nada detiene a quien, desde el poder, se ha decidido ya por la traición, a quien, de hecho, lleva ya tanto tiempo traicionando a México.

Porque quien, desde el poder, se corrompe y corrompe, dejémonos de eufemismos, traiciona a su patria.

 Y eso es precisamente lo que son: traidores a la patria los que gobiernan a este país herido.

Los que lo han ensangrentado, saqueado y humillado.

 Si ya llevan años traicionando. Qué más les da cometer una traición más; la última, la más brutal. Consumar el saqueo.

Quien solo sabe robar y mentir no actúa jamás pensando —no puede, no sabe, no quiere hacerlo— en los intereses de la mayoría.

No sabe de otra lealtad que esa que al espejo —y a la pantalla de la tv— debe.

Solo su bolsillo le importa.

Solo sus intereses protege.

Solo por su propio bienestar y por el de sus cómplices trabaja.

Ninguna nación, en la historia reciente, ha sido, como México, víctima de tan grande y tan prolongado saqueo.

Ninguna nación ha sido víctima de tan grande traición.

Lo saben perfectamente en el mundo. Conocen la calaña de quienes nos gobiernan. Los compran las empresas y gobiernos extranjeros. Con su deshonestidad cuentan, de su falta de patriotismo y su cinismo se valen.

Solo nosotros olvidamos.

Solo nosotros perdonamos.

Solo nosotros volvemos trivial el robo perpetrado por los gobernantes, festejamos su corrupción, la consideramos natural, irremediable, sinónimo incluso de “función pública”.

Solo nosotros convertimos en héroes a los grandes ladrones.

Solo nosotros somos tan débiles, tan porfiados que en sus manos caemos de nuevo.

Por muchas décadas los alcaldes, gobernadores, secretarios de Estado y presidentes priistas nos han robado impunemente.

Otro tanto han hecho los funcionarios de todos los niveles, los jefes policiacos y militares, los jueces y magistrados que se han puesto al servicio del régimen.

Miles de millones de pesos han sido sustraídos de las arcas públicas.

Enormes fortunas han amasado quienes supuestamente tendrían la obligación de servirnos.

El dinero para la educación, la salud, la vivienda, el empleo, la obra pública ha sido sistemáticamente escamoteado.

De nada han valido el trabajo y el esfuerzo de millones de mexicanas y mexicanos; no tienen hoy lo que por derecho les corresponde. Lo que sus impuestos deberían garantizarles.

Mientras América Latina avanza, aquí seguimos produciendo pobres. Más de 60 millones de mexicanas y mexicanos, según la CEPAL, siguen en la miseria.

Nos han robado.

Nos han mentido.

Nos han traicionado sistemáticamente.

Han violado una y otra vez la ley.

Se han burlado de las normas más elementales de la convivencia democrática, la han anulado.

Han pasado por encima de los derechos humanos, han prostituido la justicia.

Y esta historia la hemos sufrido todos; incluso aquellos que cruzaron la boleta en las pasadas elecciones a favor de Peña Nieto y el PRI.

¿Por qué pues sorprendernos?

¿Por qué pensar que las protestas, la indignación generalizada los harán detenerse?

Amurallados, protegidos por los toletes de los policías.

Amparados por el poder de manipulación de los medios.

Se sienten confiados y omnipotentes, se creen impunes.

Pasará pues y pese a todo la reforma energética de Enrique Peña Nieto. “Contra la razón y por la fuerza”, como decía Salvador Allende, pero pasará como han pasado las otras reformas.

Y entonces seremos víctimas de una corrupción sin parangón en la historia. Será la renta petrolera el nuevo botín.

Habremos entregado a los mismos y conocidos ladrones de siempre, a los traidores a la patria encabezados ahora por Enrique Peña Nieto, avalados por el PAN, una enorme riqueza que le pertenece al pueblo de México.

El patrimonio de nuestros hijos y nietos y también, es preciso recordarlo, lo poco que queda de la soberanía nacional.

Ellos, los traidores y sus cómplices, serán juzgados por la historia; nosotros, conviene estar plenamente conscientes de eso, también seremos juzgados.

Muchos habrá que ante la inminente e irremediable aprobación de la reforma se desalienten.

Que crean que la lucha, otra vez, ha fracasado.

Que no queda nada por hacer.

Se equivocan.

Ante una traición de tal magnitud no habrá manera de hacerse a un lado.

De alegar neutralidad.

De mantenerse indiferente.

Será entonces para este régimen, y en eso y con muchas y muchos mexicanos más habré de empeñarme, el principio del fin.

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