Un año de imposición

No volcó la gente a la calle, el 2 de diciembre de 2012, para celebrar la “victoria” de Enrique Peña Nieto. Tenía el país vergüenza de haber permitido una segunda imposición al hilo.

Ahora, al cumplir Peña Nieto un año sentado en la silla, estoy seguro de que tampoco saldrán las
multitudes a festejar.

Le propongo, amiga, amigo lector, que busque en su entorno cercano a alguien que se diga satisfecho, contento de los resultados de este primer año de Peña.

Acérquese a esos que por él votaron. Pídales que expongan los éxitos, los avances de este gobierno, que ensayen una defensa del mismo.

No hay nada que celebrar.

Incluso los “accionistas” de la imposición, aquellos que a punta de spots y billetes hicieron gobernar a Peña Nieto, están desencantados. Tienen la sensación de que este hombre, “su hombre”, les falló.

El país crecerá todavía menos que con Calderón. Un récord infame y muy difícil de batir que nos convierte en la vergüenza de América Latina.

Pese al silencio de los medios, la violencia continúa incrementándose y no se vislumbra por ningún lado la “nueva estrategia de seguridad”.

Con más de 15 mil muertos a cuestas —más que los que eran asesinados en un año con Calderón—, Peña sigue sin poder cumplir una de sus promesas centrales de campaña.

Fosas clandestinas, masacres, ingobernabilidad, presencia y penetración del crimen organizado en muchos municipios y estados del país son el saldo de su primer año de gobierno.

También el desempleo y el desasosiego han crecido al ritmo que suben los precios de los alimentos y los impuestos. El México “exitoso y competitivo” solo existe en los discursos de Peña Nieto y en las campañas de publicidad gubernamental que, por supuesto, se financian con nuestros impuestos.

Y mientras se gastan miles de millones de pesos en spots, un histórico y muy nocivo subejercicio del gasto público, detonador del desarrollo, mantiene al país al borde de la recesión.

Que con pobreza, restricción de las libertades ciudadanas y sangre se pagan las imposiciones es algo que, pese a los 100 mil muertos y los 30 mil desaparecidos de Felipe Calderón, en México, no terminamos de aprender.

Pese a nuestra dolorosa y muy reciente experiencia, todavía no comprendemos que no hay manera de que
un gobernante impuesto tenga éxito, de que gobierne por el bien del país, de que genere bienestar para las grandes mayorías.

Y es que, como decía mi bisabuelo, “a huevo ni los zapatos entran”.

La falta de legitimidad de origen de un gobernante impuesto, como Felipe Calderón y como Enrique Peña Nieto, determina su gestión y la marca indefectiblemente con el sello del fracaso.

En el exceso buscan estos gobernantes la legitimidad que no tienen. Calderón en la guerra, Peña Nieto en sus reformas, se presentan impúdicamente como salvadores de la patria.

De por sí proclives a enfermarse por el solo hecho de vivir en Los Pinos esta visión mesiánica los enloquece.

Es el suyo un fracaso anunciado cuyas consecuencias pagamos todos.

Quien para sentarse en la silla presidencial traiciona la voluntad ciudadana y viola los principios elementales de la democracia no puede menos que acotar libertades y afianzarse en el poder a punta de tolete y tratando de mantener adormecida a la población.

Quien para hacerse del poder delinque no puede, de ninguna manera, hacer que la ley se cumpla. Al contrario. Atrapado en la dialéctica del traidor, se hunde más, con cada paso que da, en ilegalidad; la institucionaliza.

No puede hacer justicia quien de ella se burla.

Quien al poder del dinero, nacional y extranjero, se ha vendido para ganarse el puesto no puede menos que servir a esos que, de hecho, son sus patrones y a quienes les debe todo.

¿Por qué habría de mirar al pueblo si no fue por sus votos que llegó al poder?

¿Por qué habría de procurar bienestar para las mayorías si atado está a los intereses de esos pocos gracias a los que gobierna?

Nunca habló, durante su campaña, Felipe Calderón de la guerra que, por encargo de Washington, nos impuso.

Tampoco Peña Nieto dijo en plazas, entrevistas y spots: habrá reforma energética y cambios a la Constitución “se los firmo y se los cumplo”.

Uno y otro traicionaron hasta a sus propios votantes.

En la oscuridad ofrecieron, a quienes al poder los llevaron, Calderón la sangre de los mexicanos, Peña Nieto el patrimonio de la nación.

Sexenio fallido el pasado. Sexenio fallido este que apenas comienza. No podía, no podrá ser de otra manera.

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