Verdad Amarga

La voz del amo: Peña Nieto en Washington

Cuando Porfirio Díaz tuvo a bien acceder a su célebre entrevista con William Howard Taft, presidente de los Estados Unidos de Norteamérica en 1909, tanto el panorama nacional como el contexto internacional para México eran ambos tan amplios como prometedores. En lo que la nación de las barras y las estrellas pugnaba por constituirse como la hegemonía del Nuevo Mundo, nuestro país se consolidaba como nación soberana e independiente, tanto o más capaz de alcanzar una posición equivalente a futuro, después de más de treinta años de paz y de progreso debidos a la no intervención del vecino país del norte en su política interna—demasiado ocupado en el Reino de Hawaii o desmembrando al Imperio Español con las Filipinas y el Caribe—y a la muy atinada, y no menos ecléctica, política exterior de Díaz: de corte nacionalista (antiyanqui) pero estrechando lazos con la Madre Europa (Francia, Alemania, Inglaterra y España). Prueba de lo anterior se vio no solo desde los muy frustrados esfuerzos por parte del embajador Foster por evitar que su país reconociera a toda costa al “Héroe de la Paz y del Progreso” cuando tomó el poder tras la Revolución de Tuxtepec; también fue visible cuando el gobierno mexicano se negó  a reconocer la mutilación de Panamá respecto a Colombia, constituida por los Estados Unidos como nueva república bananera al servicio de sus intereses (tras la construcción del famoso canal interoceánico) hasta 1905; y tanto más, cuando ante la invasión norteamericana de Nicaragua para capturar al presidente Santos Zelaya en 1909, Díaz ordenó el envío de un buque de guerra mexicano que, izando bandera estadounidense, logró burlar el asedio y salvar al mandatario bajo sitio, rescatándolo de caer en manos de los marines. De modo que cuando Taft manifestó su interés por conocer al presidente de México, Díaz con desconfianza y dignidad le respondió:“¿En verdad quieres verme?...hagámoslo pues, pero en la puerta de entrada de nuestras casas”, concretándose así la famosa reunión binacional entre ambos jefes de estado en El Paso y Ciudad Juárez.Por desgracia, México se encuentra muy lejos de aquella posición, tal como vimos tras la visita de Enrique Peña Nieto a la Casa Blanca, visita que no tendría nada de malo sí se tratara de una reunión entre homólogos y no una junta de emergencia entre un peón y su amo. Sobre la agenda, bien sabemos que el tema a tratar fue, no solo la ingobernabilidad que se respira en nuestro país—independiente de la aprobación de las once reformas estructurales—sino también la muy notoria violación a los derechos humanos (con desapariciones de estudiantes y el encarcelamiento o asesinato de los autodefensas en Michoacán) más allá de montajes demagógicos como la captura del “Viceroy” o la entrega de más de 13 millones de televisores.No cabe duda que los mexicanos estamos muy lejos del ambiente que se respiraba en 1909, salvo por el anuncio de la RCA Victor—muy popular en aquél entonces—donde se anunciaban fonógrafos que presumían reproducir “la voz del amo” ante los cánidos, con una sola diferencia: ahora la voz del amo proviene no de Palacio Nacional o del Castillo de Chapultepec, ni mucho menos de Los Pinos, sino del Gran Elector en Washington. 


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